Descubriendo al personaje
En el capítulo anterior, Conócete a ti mismo, expuse algunas de las limitaciones que presentan los modelos de psicología analítica vigentes, en gran medida derivados del psicoanálisis freudiano y de sus distintas evoluciones. En otro capítulo previo, El pecado original, desarrollé la idea de que la identificación egóica —es decir, la confusión entre lo que somos y la identidad psicológica que hemos construido— constituye una de las causas profundas de la inadecuación del ser humano a la vida, tanto a nivel individual como colectivo. Esta confusión se manifiesta hoy en múltiples formas de conflicto, explotación y destrucción, tanto en nuestra relación con los demás como con el entorno natural.
Si la identificación con el ego está en la raíz del problema, resulta necesario disponer de herramientas adecuadas para abordarlo con rigor. Para ello se requieren, al menos, dos elementos fundamentales. En primer lugar, una definición clara, operativa y no ambigua de lo que entendemos por ego. Aunque el término se utiliza ampliamente en la literatura psicológica, filosófica y espiritual, no existe un consenso transversal que permita trabajar con él de forma precisa y sistemática. En segundo lugar, es necesario un método de análisis práctico, que permita a cada individuo —puesto que el ego se manifiesta de forma concreta, personal y singular— comprender su propio funcionamiento interno y reconocer aquellas dinámicas que generan sufrimiento o distorsión.
La propuesta que voy a presentar a continuación se inscribe en esta necesidad. Fue formulada inicialmente por Antonio Blay Fontcuberta y posteriormente desarrollada y sistematizada por Antonio Jorge Larruy en el centro Espacio Interior, en Barcelona. Se trata de un modelo de autoconocimiento que dialoga con la psicología moderna y, al mismo tiempo, integra una comprensión más profunda de la identidad humana.
Este modelo se articula en torno a tres elementos fundamentales: el Sujeto, la energía y el personaje (o ego). En los próximos apartados exploraremos cada uno de ellos con detalle, mostrando cómo su correcta distinción permite avanzar de forma clara y estructurada en el conocimiento de uno mismo.
El Sujeto (The Witness)El primer aspecto novedoso en este modelo es la noción de sujeto, de la cual se parte para iniciar todo el proceso de conocerse a uno mismo. El sujeto, por lógica del lenguaje, no puede definirse a sí mismo, no puede convertirse en objeto de sí mismo. Pero sí se puede conocer a través de la experiencia directa. En la tradición hindú a este sujeto se le denomina ATMAN y representa a nuestro SER más puro, nuestra naturaleza última y única realidad permanente. Se llega a este conocimiento a través de la meditación y de la auto-indagación (self-Inquiry, término que utilizó el gran sabio hindú del SXX Ramana Maharshi, 1879 - 1950). El proceso de reconocerse en el sujeto, en Atman, permite al individuo objetivar y observar, de forma más distante e impersonal, todos los mecanismos de la personalidad que condicionan nuestra conducta.
La indagación sobre el sujeto nos lleva a reconocer nuestra IDENTIDAD auténtica y profunda. Nuestra realidad última. La IDENTIDAD es aquello que permanece igual a sí mismo bajo cualquier circunstancia. De modo que el análisis de los mecanismos que forman nuestra personalidad, nuestro EGO, no atentan contra nuestra identidad, no soy yo quien está siendo analizado, Yo soy el que ve, el que analiza. El camino hacia el reconocimiento del sujeto es la meta de las prácticas espirituales, principalmente a través de la meditación.
La fuerza de la VIDA: Sat Chit Ananda
El segundo elemento fundamental de este modelo es lo que denominamos energía o fuerza vital. Con este término no nos referimos a una noción esotérica ni metafísica, sino al dinamismo básico de la vida tal como se manifiesta en los seres vivos. Aunque la ciencia médica occidental no siempre ha abordado este aspecto de forma explícita, su existencia resulta evidente en la experiencia cotidiana: la vida no es estática, sino movimiento, impulso y expresión.
A diferencia del enfoque freudiano clásico, que tiende a interpretar la energía psíquica principalmente en términos de conflicto y pulsión, aquí la energía se entiende como una fuerza fundamentalmente afirmativa, orientada a la vida, al desarrollo y a la expresión. Esta fuerza se manifiesta en distintas dimensiones de la experiencia humana: la dimensión física, la cognitiva y la afectiva.
En la tradición no-dual del Vedānta, el Ser es descrito mediante la expresión Sat–Chit–Ānanda. Ser, Consciencia y Plenitud.
En el plano físico, esta energía sostiene los procesos vitales del cuerpo y se expresa como capacidad de acción, resistencia, voluntad y constancia. En el plano cognitivo, se manifiesta como claridad mental, inteligencia, comprensión, creatividad y capacidad de conocimiento, dando lugar a expresiones tan diversas como la ciencia, la literatura o el pensamiento simbólico. En el plano afectivo, esta misma fuerza se expresa como vínculo, empatía, amor, compasión y sentido de unidad con los demás y con la vida.
Los seres humanos, en tanto que seres vivos, no somos la fuente de esta energía, sino una de sus formas de expresión. La vida se manifiesta a través de nosotros en estas tres dimensiones —acción, comprensión y vínculo— que, aunque distinguibles a efectos analíticos, constituyen una unidad dinámica.
Por razones de claridad expositiva, en este modelo se distinguen el Sujeto y la energía como elementos diferenciados. Sin embargo, esta distinción no implica una separación real: ambos son expresiones complementarias del Ser en el plano de la experiencia. El Sujeto hace posible el reconocimiento consciente de la experiencia; la energía hace posible su despliegue y su manifestación.
El Personaje (EGO). El objeto de nuestro estudio.
El tercer elemento de este modelo es la estructura de la personalidad, aquello que habitualmente denominamos ego y que constituye el principal objeto de análisis en el proceso de autoconocimiento. A esta estructura la llamaremos el personaje, subrayando así su carácter construido, aprendido y funcional.
El término persona procede del latín y del griego, y hacía referencia originalmente a las máscaras utilizadas por los actores en el teatro. De forma análoga, el personaje representa el conjunto de rasgos, roles, actitudes y estrategias a través de los cuales nos mostramos al mundo y nos relacionamos con la realidad. En este modelo, los términos ego y personaje se utilizan como equivalentes funcionales para referirse a esta misma realidad psicológica, y podrán emplearse de manera intercambiable.
El objetivo del análisis del personaje no es su eliminación, sino la des-identificación y la desactivación de sus automatismos. Por un lado, se trata de dejar de confundir lo que realmente somos con el conjunto de patrones que hemos desarrollado para adaptarnos a la vida. Por otro, de reconocer y desactivar aquellos patrones neuróticos que operan de forma automática, nos condicionan innecesariamente y constituyen una de las principales fuentes de sufrimiento.
Para que este proceso sea posible, es imprescindible conocer con claridad cómo funciona esta estructura, cuáles son sus mecanismos y de qué elementos se compone.
El personaje no es un conjunto caótico de rasgos aislados, sino un sistema organizado. Sus distintos componentes se relacionan entre sí de manera coherente, dinámica y relativamente estable, dando lugar a patrones de conducta previsibles. Esta coherencia no implica equilibrio ni bienestar, sino consistencia interna: el personaje tiende a reproducirse a sí mismo mientras no es comprendido.
A efectos de análisis, distinguiremos en el personaje varios elementos fundamentales que permiten un estudio detallado y progresivo de su funcionamiento. Estos elementos son: el yo idea, el yo ideal, los mandatos y las creencias. En los apartados siguientes exploraremos cada uno de ellos y veremos cómo interactúan entre sí para dar forma a nuestra experiencia habitual de nosotros mismos y del mundo.
El YO IDEA.
Durante los dos o tres primeros años de vida, cuando el lenguaje aún no está plenamente desarrollado, los niños viven de forma espontánea e inmediata. Su experiencia no está mediada por conceptos ni por una narrativa personal. Comen, ríen, lloran, juegan, se mueven y descansan sin una reflexión consciente sobre lo que son o lo que hacen. La vida se expresa a través de ellos de manera directa, sin una identidad psicológica claramente definida.
Con la adquisición progresiva del lenguaje se inicia un doble proceso fundamental. Por un lado, el niño empieza a estructurar su mente: aprende a nombrar, clasificar y organizar la experiencia. Por otro, al vivir en un entorno social, comienza el proceso de socialización: recibe normas, expectativas y reglas que regulan la convivencia. Aprende pronto a vivir en términos condicionales: “si haces esto, recibirás aquello”, “si no haces esto, habrá consecuencias”.Estos procesos tienen dos consecuencias decisivas para la formación de la personalidad.
En primer lugar, la atención del niño se orienta progresivamente hacia el exterior y hacia el mundo conceptual. El reconocimiento directo de la dimensión más profunda de la experiencia no desaparece, pero deja de ser explícito: la mente no aprende a atender a ese plano porque nadie le enseña a hacerlo. La conciencia se vuelca en lo que ocurre fuera y en la interpretación de lo que ocurre, sentando las bases de una identidad construida.
En segundo lugar, el niño comienza a construir una imagen de sí mismo. Se le asigna un nombre, se le reconoce como individuo separado y se le atribuyen cualidades. Además de identificarse con su cuerpo, empieza a identificarse con una idea: “yo soy Juan”, “este es mi cuerpo”, “yo soy así”. A partir de ese momento, empiezan a incorporarse atributos que definen esa autoimagen: “soy torpe”, “soy listo”, “soy fuerte”, “soy malo”, “soy el mejor”.
Este conjunto de ideas constituye lo que llamamos el yo idea: la representación mental que el niño empieza a tener de sí mismo. No es todavía el ego plenamente desarrollado, pero sí su primer núcleo estructural.
Finalmente, el niño percibe el grado de aceptación o rechazo que recibe de su entorno. Detecta, muchas veces de forma implícita, qué comportamientos son valorados y cuáles no, cuándo es mirado y cuándo es ignorado, qué aspectos de sí mismo generan aprobación y cuáles provocan desaprobación. Esta experiencia emocional da mayor o menor peso a los atributos que se van incorporando al yo idea. Cuanto más intensa es la vivencia de aceptación o rechazo, más fuerza adquiere la imagen que el niño construye de sí mismo.
Así, a partir del lenguaje, la socialización y la experiencia emocional temprana, se va configurando el yo idea: una identidad conceptual que servirá de base para el desarrollo posterior del personaje.
Con todos estos elementos, en un momento determinado del desarrollo, el niño formula lo que será su identidad básica, la piedra angular sobre la que se organizará el resto del personaje. El niño se identifica con una idea de sí mismo: el yo idea. Esta formulación no es consciente ni reflexiva; es una conclusión implícita que se construye a partir de la experiencia temprana.
En la mente infantil, entre los tres y los cinco años, esta formulación suele ser simple y directa: “yo soy Juanito, soy torpe y mis padres quieren más a mis hermanos”, o “yo soy Mercedes y, si no lo hago todo perfecto, decepciono a mis padres”. A partir de esta idea central comenzará a desarrollarse toda la personalidad de Juanito o de Mercedes. Si esta identificación no es reconocida más adelante, el yo idea permanece activo en la mente, generalmente en un plano inconsciente, y continúa orientando la energía, las decisiones y los comportamientos del individuo, muchas veces sin que este sea consciente de ello.
El yo idea es una identificación errónea, no porque sea mala o patológica, sino porque confunde lo que somos con una conclusión parcial y limitada extraída en un momento temprano de la vida. No es algo que haya que condenar ni eliminar, sino algo que necesita ser comprendido y desactivado como referencia de identidad. Cada persona formula su propio yo idea, y existen tantas variantes como historias personales.
La experiencia clínica y vital muestra que, con frecuencia, el yo idea se articula en torno a una vivencia de carencia en alguna de las tres dimensiones fundamentales de la experiencia humana: energía, luz o amor. Estas carencias pueden expresarse como la sensación de no ser suficientemente capaz o fuerte (energía), de no ser reconocido o valorado (luz), o de no ser querido o aceptado (amor). Estas vivencias tempranas no definen lo que somos, pero sí marcan profundamente la forma en que aprendemos a relacionarnos con nosotros mismos y con el mundo.
El YO IDEAL
Como consecuencia de la formación del yo idea, se desarrolla el yo ideal. El yo idea introduce una vivencia de limitación: el niño empieza a verse a sí mismo como “alguien que no es suficiente” en algún aspecto fundamental. Sin embargo, la vida —la fuerza vital que nos constituye— no desaparece ni se reduce. La energía, el impulso de plenitud y el potencial de desarrollo siguen presentes, pero ahora se expresan a través de una identidad limitada.
A partir de ese momento, la persona tiende a vivir únicamente aquellas experiencias que encajan con la idea que se ha formado de sí misma. No porque el resto no sea posible, sino porque no es reconocido como propio. El potencial no desaparece, pero se proyecta hacia el futuro en forma de ideal: “yo soy Juanito y soy torpe, pero algún día seré un gran atleta”; “yo soy María y no me quieren, pero algún día seré una gran actriz y el mundo entero me admirará”.
El yo ideal es, así, el reverso del yo idea. Representa aquello que la persona siente que no puede ser en el presente y que proyecta como una posibilidad futura. No surge de una elección consciente y libre, sino como una respuesta automática a la vivencia de carencia que introduce el yo idea.
Mientras que el yo idea se formula de manera relativamente temprana y tiende a fijarse en los primeros años de vida, el yo ideal se va configurando más tarde, especialmente durante la preadolescencia y la adolescencia. Es en esta etapa, cuando comienzan a ampliarse los márgenes de autonomía y se intensifica la comparación social, cuando la persona construye un ideal de sí misma en el que proyecta las limitaciones sentidas de su identidad básica.
Este yo ideal actúa como motor y, al mismo tiempo, como fuente de tensión. Por un lado, moviliza energía, esfuerzo y aspiración; por otro, mantiene viva la sensación de no ser suficiente en el presente, reforzando el ciclo de identificación con el personaje.
MANDATOS Y CREENCIAS.
Finalmente, la tercera pieza del modelo está constituida por los mandatos y las creencias que recibimos de nuestros padres y de los adultos significativos de nuestro entorno, y que ejercen una influencia profunda y duradera en nuestra forma de vivir.
Un mandato es un imperativo interno que se instala en la mente durante la infancia y tiende a ejecutarse de manera automática, generalmente sin pasar por un filtro consciente. No siempre se expresa como una orden explícita; a menudo se transmite de forma implícita, a través del tono emocional, la actitud o la expectativa del entorno. “Has de obedecer” es un ejemplo de mandato que, en la vida adulta, puede llevar a algunas personas a someterse de manera acrítica a cualquier figura de autoridad, incluso cuando ello resulta perjudicial. Del mismo modo, “has de ser el mejor en todo” o “has de ser ingeniero como tu padre” son mandatos que, si no se cuestionan, pueden condicionar gravemente la trayectoria vital de una persona.
Una creencia, por su parte, consiste en asumir como propia una idea externa sin haberla contrastado a partir de la experiencia personal. Las creencias se viven como verdades evidentes, no como opiniones o hipótesis revisables, y por ello pueden generar situaciones disfuncionales que la persona no comprende del todo. “El dinero es la mejor medida del éxito en la vida” es un ejemplo de creencia ampliamente compartida que no tiene una base empírica universal y que puede entrar en conflicto con los valores o el modo de vida que una persona desea para sí misma.
Es importante subrayar que la formulación verbal de un mandato o de una creencia suele ser solo la parte visible de un conjunto mucho más amplio de mensajes afectivos, corporales y relacionales que apuntan en la misma dirección. “Esta es una familia de triunfadores” es una creencia que, más allá de su expresión verbal, suele ir acompañada de premios y castigos emocionales, de atenciones y desatenciones, que refuerzan su adopción. De este modo, el niño incorpora el mensaje no solo a nivel mental, sino también emocional y corporal.Mandatos y creencias pueden considerarse, hasta cierto punto, dos expresiones de un mismo condicionamiento. El mandato adopta una forma imperativa —“no hagas esto”, “tienes que ser así”—, mientras que la creencia se presenta como una verdad incuestionable. “Las mujeres valen menos que los hombres” (creencia) y “tú no hagas eso porque eres mujer” (mandato) son dos formas distintas de transmitir un mismo rasgo cultural limitativo.
Estos elementos —yo idea, yo ideal, mandatos y creencias— constituyen las estructuras relativamente estables del modelo. Una vez configurados, tienden a mantenerse en el tiempo mientras no son reconocidos y cuestionados conscientemente. A partir de ellos se genera una dinámica interna, en gran medida inconsciente, que combina los cuatro elementos.
El niño empieza a actuar conforme a su yo idea: si se percibe como torpe o poco capaz, tenderá a evitar las situaciones en las que esa vivencia pueda confirmarse. Al mismo tiempo, aspira a su yo ideal, ya sea intentando desarrollar activamente ciertos rasgos o refugiándose en fantasías compensatorias: “algún día seré una persona poderosa y temida”. Todo ello ocurre bajo la influencia de los mandatos y creencias interiorizados, que marcan lo que “debe” y “no debe” ser.
Con el paso del tiempo, esta dinámica se consolida en una serie de patrones de conducta estables, específicos y reconocibles en cada individuo. A este conjunto organizado de patrones, que da coherencia a la forma habitual de pensar, sentir y actuar, es a lo que llamamos el personaje o el ego.
Como puede apreciarse, las combinaciones posibles entre yo idea, yo ideal, mandatos y creencias son prácticamente infinitas. Sin embargo, mi experiencia —tanto a nivel personal como en el acompañamiento de otras personas— me dice que cada individuo es plenamente capaz de descubrir y comprender la forma específica que adopta su propio personaje. Este proceso no consiste tanto en un análisis intelectual como en un reconocimiento progresivo de los patrones que estructuran la propia vida. A partir de ese descubrimiento, resulta posible entender y desactivar muchas de las disfuncionalidades que el personaje genera en la experiencia cotidiana.
El trabajo de descubrimiento del personaje constituye un complemento natural y necesario de las prácticas espirituales orientadas al reconocimiento de nuestra identidad profunda. A través de la meditación, la mente aprende a orientarse hacia el interior y a reconocer el plano desde el cual toda experiencia es observada. Cuanto más familiarizada está la mente con este reconocimiento —con la experiencia directa de aquello que somos más allá de los contenidos mentales—, más fácil resulta observar el personaje sin identificarse con él.
La meditación apunta a una verdad última: el reconocimiento de la respuesta viva a la pregunta ¿quién soy yo?. El descubrimiento del personaje, por su parte, permite corregir una confusión fundamental: la identificación con una estructura mental aprendida, funcional en su origen pero limitante y disfuncional cuando se toma como identidad.
La integración de ambas dimensiones —el reconocimiento del Sujeto y el descubrimiento del personaje— da pleno sentido a la antigua invitación inscrita en el templo de Delfos: Conócete a ti mismo. Conocerse implica, a la vez, reconocer la consciencia clara e impersonal desde la cual todo es observado, y comprender los mecanismos concretos que condicionan nuestra forma habitual de pensar, sentir y actuar. Desde esa comprensión, la vida deja de estar gobernada por automatismos inconscientes y puede empezar a expresarse con mayor libertad, claridad y coherencia.
Siguiente Capítulo: Nuestro niño interior




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