El Desarrollo de la (Auto) Consciencia
Sin embargo, el concepto de consciencia suele utilizarse de manera ambigua y con significados distintos según el contexto —filosófico, científico, psicológico o espiritual— en el que se emplee. Esta ambigüedad es una de las principales fuentes de confusión cuando tratamos de comprender la experiencia humana.
Si acudimos a Wikipedia, encontramos la siguiente definición:
La consciencia (del latín cum scientĭa, «con conocimiento») se define como el conocimiento que un ser tiene de su entorno y de sí mismo.*
Según esta definición, los seres humanos no somos los únicos seres conscientes. Compartimos esta cualidad con otros seres vivos, habitualmente denominados seres sintientes, en la medida en que perciben su entorno. ¿Es consciente un perro? Cualquier persona que conviva con uno sabe que sí. Un perro percibe sonidos, olores, estímulos táctiles, reconoce a otros seres y responde de forma ajustada a lo que ocurre a su alrededor. En este sentido, el perro experimenta su entorno y, por tanto, es consciente.
¿En qué se diferencia entonces la consciencia de un perro de la de un ser humano?
La diferencia no reside en la consciencia básica —la capacidad de experimentar—, sino en una propiedad adicional que caracteriza específicamente a los seres humanos: la auto-consciencia.
La auto-consciencia es la capacidad de darnos cuenta de que somos conscientes. No solo vivimos la experiencia, sino que sabemos que la estamos viviendo. Este giro reflexivo introduce una dimensión completamente nueva en la experiencia.
Esta capacidad está estrechamente vinculada al lenguaje. Los seres humanos podemos vivir la experiencia en dos niveles simultáneos.
Por un lado, un nivel experiencial directo: oímos sonidos, vemos formas y colores, sentimos el contacto, degustamos sabores.
Por otro, un nivel verbal y narrativo, en el que podemos decir —en voz alta o internamente—: “yo estoy viendo este paisaje maravilloso que me produce una profunda impresión”.
A través del lenguaje, la experiencia se convierte en objeto de la consciencia. El lenguaje introduce un “yo” que observa, nombra y relata lo que sucede. De este modo, adquirimos la auto-consciencia que nos permite saber que existimos, que estamos vivos y que somos conscientes de nuestras propias experiencias.
Esta capacidad, extraordinariamente poderosa, es también —como veremos más adelante— el punto de partida de la identidad, del ego y de la complejidad psicológica propia de la condición humana.
La aparición de la CONSCIENCIA
En este sentido, no parece controvertido afirmar que existe una gradación funcional de la consciencia en el mundo vivo: un organismo unicelular como una ameba presenta un nivel mínimo de sensibilidad e interacción; un mamífero como un conejo muestra una experiencia sensorial y emocional mucho más rica; y especies como los delfines o los grandes primates parecen poseer formas de consciencia notablemente más complejas. Esta gradación no implica una jerarquía moral, sino una diferencia en complejidad experiencial.
Surge entonces una cuestión fundamental:
¿la consciencia emerge espontáneamente de la materia en el curso de la evolución, como sostienen las posiciones materialistas?
¿o la evolución biológica ha desarrollado sistemas cada vez más sofisticados capaces de expresar o canalizar una consciencia preexistente, como proponen muchas tradiciones filosóficas orientales?
A día de hoy, no disponemos de pruebas científicas concluyentes que confirmen o refuten de manera definitiva ninguna de estas dos posturas. La ciencia contemporánea ha avanzado enormemente en el estudio del cerebro y de los correlatos neuronales de la experiencia, pero todavía no ha formulado una teoría explicativa completa de la consciencia ni ha establecido leyes fundamentales sobre su naturaleza última.
Sin embargo, junto al enfoque científico, existen métodos directos de exploración de la consciencia desarrollados y refinados durante miles de años en diversas tradiciones contemplativas. Estos métodos —que agrupamos bajo el nombre de técnicas de meditación— no pretenden explicar la consciencia desde fuera, sino explorarla desde dentro, permitiendo observar sus contenidos, sus dinámicas y, eventualmente, su fondo silencioso.
Otra cuestión relevante es cómo ha evolucionado la consciencia desde su aparición en la Tierra. Todo indica que, desde los primeros organismos vivos, la experiencia consciente ha ido ganando en amplitud, profundidad e integración. La evolución pasó de organismos unicelulares a organismos multicelulares, desarrolló órganos sensoriales cada vez más especializados y sistemas nerviosos progresivamente más complejos, hasta llegar al ser humano.
En los humanos, además de una rica vida sensorial y emocional y de un cerebro altamente desarrollado, apareció un elemento decisivo: el lenguaje. El lenguaje no solo amplificó enormemente las capacidades cognitivas, sino que dio lugar a la auto-consciencia, es decir, a la capacidad de reconocernos como seres conscientes. Este proceso fue gradual, no instantáneo, y no se despliega con la misma profundidad en todos los individuos ni en todas las culturas.
La aparición del lenguaje y de la auto-consciencia abrió, de forma paulatina, la posibilidad de nuevos niveles de consciencia, algunos de los cuales han sido descritos tanto por la psicología moderna como por las tradiciones espirituales. Comprender estos niveles —y las confusiones que pueden surgir entre ellos— será clave para entender tanto el potencial humano como el origen de la condición humana.
De qué somos conscientes
El primer gran campo de desarrollo de la Consciencia ha sido el de las energías densas, es decir, el ámbito de lo físico y lo objetivable.
Desde una perspectiva integradora —compartida por diversas tradiciones filosóficas y espirituales—, la existencia, todo lo que se manifiesta, puede describirse como organizada en tres grandes niveles:
denso, sutil y causal. Estos niveles no deben entenderse como lugares separados ni como estratos físicos, sino como modos de manifestación y de experiencia de la realidad.
La consciencia, en su despliegue evolutivo, parece haberse expresado en primer lugar en el nivel más evidente y accesible: el mundo de los objetos físicos, compuesto por las formas de energía más densas. Este es el ámbito que percibimos a través de los sentidos, el mundo de los cuerpos, los movimientos, los cambios materiales y las relaciones espaciales.
No resulta extraño que la atención consciente se haya desarrollado inicialmente en este nivel. Lo denso es estable, resistente, compartible y verificable intersubjetivamente. Constituye el terreno común sobre el que se organiza la supervivencia, la acción práctica y, más adelante, el conocimiento científico.
Desde este punto de vista, el desarrollo de la consciencia no comienza mirando hacia dentro, sino mirando hacia fuera, reconociendo formas, diferenciando objetos y aprendiendo a interactuar con un entorno físico. Este primer anclaje en lo denso ha sido fundamental para la evolución de la vida y para la aparición del ser humano tal como hoy lo conocemos.
La mente y el lenguaje se desarrollan, en primera instancia, orientados hacia el mundo exterior: los objetos, sus propiedades y las relaciones entre ellos. Este enfoque ha permitido a los seres humanos tomar consciencia de los fenómenos externos de la naturaleza y aprender a describirlos, medirlos y predecirlos.
En los últimos quinientos años, a partir del giro iniciado por Galileo Galilei, se ha producido un desarrollo extraordinario de esta consciencia orientada hacia fuera. A este modo específico de conocer la realidad lo hemos denominado ciencia.
La ciencia ha perfeccionado la observación objetiva, el análisis racional y la verificación empírica, dando lugar a una comprensión cada vez más precisa del mundo físico. Sus frutos más visibles y valorados han sido la técnica y las tecnologías, que han transformado profundamente nuestra forma de vivir, de producir y de relacionarnos con el entorno.
Sigmund Freud, médico austríaco, fue el primer pensador occidental que formalizó de manera sistemática la existencia de un mundo interior compuesto por ideas, sueños, pensamientos y emociones, muchas de ellas fuera del campo de la consciencia inmediata. Aunque a lo largo de la historia habían existido reflexiones aisladas sobre la vida interior —especialmente en contextos filosóficos y religiosos—, fue con Freud cuando este mundo pasó a ser objeto explícito de estudio, accesible, al menos en principio, a cualquier persona interesada en conocerse a sí misma.
A partir de Freud, y durante algo más de un siglo, la psicología y las ciencias cognitivas han experimentado un desarrollo acelerado. Sin embargo, pese a sus avances, estas disciplinas se encuentran todavía en una fase relativamente incipiente si las comparamos con las ciencias físicas o naturales, especialmente en lo que respecta a una comprensión profunda y unificada de la consciencia.
Este ámbito de estudio corresponde al nivel de las energías sutiles: ideas, emociones, afectos y estados mentales que los seres humanos experimentamos y que aparecen representados en la consciencia. No se trata ya del mundo de los objetos físicos, sino del mundo de la experiencia subjetiva.
Desde el punto de vista del desarrollo de la consciencia, uno de los aportes más relevantes de la psicología moderna ha sido precisamente el descubrimiento de lo que no vemos: el inconsciente. Hoy resulta difícil cuestionar que la consciencia humana no es homogénea ni transparente, y que una parte significativa de nuestros contenidos psíquicos permanece fuera del campo consciente, aunque sigue activa e influyendo de manera decisiva en nuestros comportamientos, emociones y decisiones.
En este sentido, las personas contemporáneas somos, en general, más conscientes de nuestro mundo interior de lo que lo fueron las generaciones anteriores. Disponemos de un lenguaje psicológico más elaborado y de modelos que nos permiten reconocer estados internos que antes pasaban desapercibidos o eran interpretados exclusivamente en clave moral o religiosa.
El desarrollo de la consciencia externa, apoyado en el entrenamiento científico y racional, forma hoy parte —en mayor o menor medida— de los sistemas educativos y está al alcance de amplios sectores de la población.
Por el contrario, el desarrollo de la consciencia interna no suele formar parte del currículo educativo formal. Solo aquellas personas que lo buscan de manera deliberada acceden a este tipo de entrenamiento y experiencia.
La consciencia interna se cultiva a través de la introspección, del mirar hacia dentro, del autoanálisis y del darse cuenta (self-awareness). Este proceso no persigue acumular conocimiento conceptual, sino refinar la capacidad de observar la propia experiencia tal como se presenta, paso imprescindible para comprender la psique y, eventualmente, trascender sus límites.
La introspección puede desarrollarse a través de dos caminos complementarios: la psicología y la meditación. Ambos permiten observar nuestra experiencia interior —ideas, pensamientos y emociones— de manera auto-consciente.A través de estos caminos, aprendemos a ver y sentir nuestros contenidos mentales, a ponerles palabras y a reflexionar sobre ellos. Este proceso introduce una distancia saludable entre el observador y lo observado, condición indispensable para no quedar atrapados en la experiencia y poder comprenderla.
La psicología aporta herramientas analíticas que facilitan el acceso a la estructura y dinámica de la psique, permitiendo identificar patrones, condicionamientos y conflictos, tanto conscientes como inconscientes. Mediante técnicas adecuadas, hace posible explorar capas profundas de la mente que no resultan evidentes a simple vista.
La meditación, por su parte, entrena la capacidad de presencia y observación directa, permitiendo reconocer los contenidos mentales sin identificarse con ellos y acceder a estados de mayor claridad y silencio interior.
Juntas, psicología y meditación constituyen un camino integrado de autoconocimiento: una ilumina y ordena los contenidos de la psique; la otra revela el espacio consciente en el que dichos contenidos aparecen. Esta complementariedad es esencial para un desarrollo equilibrado de la consciencia.
Existe un tercer grupo de objetos de la consciencia, situado entre la percepción del mundo exterior y la observación del mundo mental, que tiene que ver con la consciencia del propio cuerpo.
Nuestro cuerpo nos envía continuamente señales. En algunos casos estas señales son claras e inequívocas, como el dolor, que cumple una función protectora fundamental: preservar la integridad física y alertarnos de posibles disfunciones o daños corporales.
En otros casos, las señales son mucho más sutiles y requieren el desarrollo de una sensibilidad específica para poder ser detectadas. Estas señales proceden del sentido de la propiocepción, que nos permite percibir la posición, el movimiento y el estado interno de nuestro propio cuerpo.
La propiocepción se basa en la información sensorial proporcionada por receptores situados en músculos, tendones, articulaciones y otros tejidos corporales. Estos receptores, denominados propioceptores, envían señales al sistema nervioso central que informan sobre la posición de las distintas partes del cuerpo, la tensión muscular y el grado de equilibrio o desajuste en el movimiento.
Este sentido no es fijo ni inmutable. La propiocepción se desarrolla y refina a lo largo de la vida mediante la experiencia y la práctica consciente. Por ello resulta especialmente relevante en disciplinas que requieren movimientos precisos y coordinados, como la danza, la gimnasia o numerosos deportes.
Prácticas como el yoga y ciertos tipos de meditación corporal contribuyen de manera significativa al desarrollo de la propiocepción. Estas disciplinas entrenan la atención sostenida sobre las sensaciones corporales, permitiendo que los mensajes del cuerpo sean reconocidos, integrados y, en muchos casos, formulados verbalmente de forma auto-consciente.
Desde esta perspectiva, la consciencia corporal actúa como un puente entre el mundo físico externo y el mundo psicológico interno, facilitando una integración más profunda entre cuerpo, mente y consciencia.
La verdad última
Cuando iniciamos el camino de la introspección y comenzamos a comprender el funcionamiento de la consciencia, se hace evidente que las ideas, los pensamientos, las emociones y los distintos estados interiores no son lo que somos, sino objetos que aparecen en el campo de la consciencia.
Estos objetos tienen un ciclo de vida propio: surgen, permanecen durante un tiempo y finalmente se disuelven. Cambian de intensidad, de forma y de contenido, pero todos comparten una característica esencial: son transitorios. Ninguno permanece de manera estable ni puede constituir una identidad sólida.
Este descubrimiento es fundamental, porque introduce una distinción clara entre el contenido de la experiencia y el hecho mismo de ser consciente. Lo que aparece puede ser observado; aquello en lo que aparece —la consciencia— permanece.
En la meditación aprendemos a contemplar nuestro mundo interior y a desarrollar una auto-consciencia clara y estable. En esta contemplación pueden distinguirse tres elementos fundamentales, que se revelan de forma progresiva con la práctica:
1. Los objetos de la consciencia
Son aquello que contemplamos: pensamientos, emociones y sensaciones físicas —incluidas las sensaciones propioceptivas— que aparecen en el campo de la consciencia. Todos estos objetos obedecen a una misma ley inexorable: nacen, se desarrollan y desaparecen. Cambian continuamente de forma, intensidad y contenido. Los objetos internos están compuestos por lo que, en un lenguaje tradicional, podríamos denominar energías sutiles.
2. El campo de la consciencia
Al observar con mayor atención, comenzamos a reconocer no solo los objetos, sino también el espacio en el que aparecen. Ese “algo” que está presente entre pensamiento y pensamiento, entre emoción y emoción. Es la constante silenciosa que siempre está ahí, pero que normalmente no advertimos porque la mente genera contenidos a gran velocidad.
Solo cuando, a través de la meditación, aprendemos a detenernos y contemplar, y cuando se aquieta el flujo mental, empezamos a reconocer este campo de consciencia. Es lo que hay cuando no hay ningún objeto, ningún pensamiento ni emoción. La metáfora clásica es la de la pantalla en la que se proyecta la película: las imágenes cambian, pero la pantalla permanece.
3. El Sujeto
Finalmente, se produce un descubrimiento decisivo: si en la consciencia aparecen objetos, ha de haber un sujeto que los contemple. Este hecho, tan simple y evidente desde el punto de vista lógico, suele permanecer completamente oculto hasta que alguien lo señala y se verifica por experiencia directa.
El Sujeto no es un objeto más; no puede verse ni describirse del mismo modo que los pensamientos o las emociones. Es aquello que ve, aquello que está presente en toda experiencia sin aparecer como contenido. En el momento en que este reconocimiento se produce de forma clara y estable, la comprensión de uno mismo y de la vida cambia de raíz.
El Sujeto es la realidad última desde la que toda experiencia es posible. Es nuestra esencia más profunda, aquello que permanece cuando todos los contenidos de la experiencia —pensamientos, emociones, sensaciones, identidades— aparecen y desaparecen. No es algo que venga y vaya: siempre está presente. Puede describirse, de forma paradójica, como un vacío al que no le falta nada, un vacío pleno, luminoso y con una potencia intrínseca sobre la que se sostiene todo lo demás.
En la tradición hindú, a esta realidad se la denomina Atman; en la tradición judeocristiana, Alma. Los términos difieren, pero apuntan a una misma intuición fundamental: una dimensión del ser que no depende de las formas ni de las circunstancias.
El Sujeto pertenece al nivel causal, entendido no como una causa en sentido mecánico, sino como la condición de posibilidad de todo lo que aparece. Es el origen y, al mismo tiempo, el fondo último de todo fenómeno que existe.
Por su propia naturaleza, el Sujeto es incognoscible como objeto. No puede conocerse a sí mismo del mismo modo que se conoce un pensamiento o una emoción, porque el Sujeto es precisamente aquello que conoce. No puede convertirse en objeto de su propia observación. Sin embargo, sí pueden experimentarse sus efectos.
Cuando la experiencia no está dominada por la identificación con los contenidos mentales, se manifiestan de forma clara ciertos rasgos: una sensación profunda de calma, una claridad mental no forzada, y una sensación de fortaleza y estabilidad que no depende de circunstancias externas. Esta experiencia es plenamente consciente y puede ser reconocida y verbalizada, aunque nunca agotada por el lenguaje.
El punto culminante de la auto-consciencia se alcanza cuando se reconoce de manera directa la identidad verdadera: cuando dejamos de vivir identificados con los objetos de la experiencia y nos situamos, de forma estable, en la posición del Sujeto. A este reconocimiento se le ha denominado también el testigo (the witness), no porque observe desde fuera, sino porque es la presencia consciente en la que todo ocurre.
El Sujeto —Atman— no tiene forma, edad ni límites. No es algo localizado ni condicionado. En la experiencia directa, se revela como ilimitado.
Del mismo modo, el Tao, Brahman o Dios —según las distintas tradiciones— se describen como sin forma, sin límites y sin condicionamientos. Desde una lógica no dual, resultaría incoherente postular la existencia de dos realidades infinitas independientes.
Por ello, la afirmación central del Advaita no es una creencia, sino una conclusión ontológica: Atman es Brahman. La realidad última que somos en lo más íntimo no es distinta de la realidad última de todo lo que existe.
Traduzco literalmente unos textos Sri Atmananda Krishna Menon.
I. Las personas, como las olas del mar, nacen, crecen, se enfrentan entre sí y mueren.II. Al llegar a la orilla, las olas se desvanecen: cansadas, rendidas, exhaustas, buscando reposo y paz. Del mismo modo, las personas, tras la lucha de la vida, buscan su descanso en lo Absoluto.
III. Las olas nacen, viven y mueren en el mar. Las personas nacen, viven y mueren en lo Absoluto (el Tao, Brahman).
IV. Las olas no son otra cosa que agua, lo mismo que el mar. Del mismo modo, las personas y lo Absoluto no son dos realidades distintas, sino la misma esencia expresada como Energía, Luz y Amor (Sat–Chit–Ānanda).
V. Cuando las olas reconocen en el mar su verdadera naturaleza, toda lucha cesa.
Nota aclaratoria Conviene señalar que en castellano solemos confundir o utilizar de forma ambigua dos términos muy parecidos: consciencia, el concepto tratado en este artículo, y conciencia. Aunque en el uso cotidiano a menudo se emplean como sinónimos, se refieren a realidades distintas.
La consciencia es la capacidad del ser humano para percibir la realidad y reconocerse en ella; es decir, el hecho mismo de darse cuenta de lo que ocurre, tanto en el mundo exterior como en la experiencia interior.
La conciencia, en cambio, se refiere al ámbito moral: al conocimiento, juicio o valoración de lo que está bien y de lo que está mal, y a la responsabilidad ética asociada a nuestras acciones.
Siguiente capítulo: La Psique Humana




Esta muy bien Sebas, lo que te comentaría esta en línea con el libro que te comente Being You… así que me parece una casualidad 😜, estar investigando los dos el mismo tema. Por cierto date una conferencia de esto en el festival de la conciencia. Abrazos
ResponderEliminarGracias Andrés ya he comprado el libro y lo voy a leer.
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