El Pecado Original
En el capítulo anterior planteé la hipótesis de que el problema de fondo de la humanidad —y, en consecuencia, de las múltiples crisis que estamos generando y padeciendo— se debe principalmente a una limitación estructural surgida en el proceso evolutivo. Esta limitación consiste en la visión egocéntrica (egoísta) que los seres humanos hemos desarrollado, una forma de percibirnos y de percibir el mundo que nos separa de nuestra naturaleza profunda y nos lleva a experimentar la realidad como algo ajeno, disponible para ser utilizado, dominado o explotado.
Para avanzar en este análisis es necesario aclarar previamente algunos conceptos fundamentales, que suelen emplearse de manera ambigua o indistinta, generando una notable confusión:
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Conciencia
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Autoconciencia
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Lenguaje
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Mente
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Ego (o personaje)
Estos cinco términos constituyen el núcleo conceptual del discurso que sigue, y por ello conviene detenerse brevemente en cada uno de ellos antes de continuar.
Comencemos por la conciencia. Si el lector realiza una búsqueda rápida encontrará numerosas definiciones del término, procedentes de la filosofía, la psicología, la neurociencia o las tradiciones espirituales. En este texto utilizaré una definición inspirada tanto en dichas tradiciones como en mi propia experiencia. Entenderé la conciencia como la “capacidad de darse cuenta” propia de los seres vivos. Todo ser vivo —aunque en el caso de las plantas exista cierto debate— posee la capacidad de procesar información acerca de su entorno y de sí mismo.
La vista, el oído, el tacto, el olfato y los sentidos internos actúan como canales a través de los cuales se reciben estímulos específicos que permiten al ser sintiente “darse cuenta” de una situación. En este sentido, los seres vivos son conscientes: perciben el entorno y lo viven como una experiencia directa mediada por los sentidos. Los seres humanos, como parte de este conjunto, somos conscientes tanto del mundo que nos rodea como de nuestras sensaciones internas, tales como la propiocepción o el dolor.

La conciencia, tal como ha sido definida, puede entenderse como un paso evolutivo de la Vida. En un momento determinado de la historia evolutiva aparecen seres conscientes (sentient beings), es decir, formas de vida capaces de percibir su entorno y sus estados internos. La cuestión de si esta conciencia es una propiedad emergente de la materia o, por el contrario, la manifestación de una Conciencia —con mayúsculas— preexistente, universal y no local, que la vida ha aprendido progresivamente a conectar e in-corporar, constituye un debate profundo y relevante, pero distinto del que nos ocupa ahora.
Además de conscientes, los seres humanos somos autoconscientes: no solo percibimos, sino que nos damos cuenta de que nos damos cuenta. Esta capacidad de autoconsciencia está íntimamente ligada al lenguaje. El estudio del lenguaje en la evolución humana es extraordinariamente complejo y sigue siendo, en muchos aspectos, un campo poco desarrollado. El lenguaje oral no deja huellas físicas y, por ello, todo lo anterior a la invención de la escritura se apoya más en inferencias y conjeturas que en evidencias directas. Se estima que las primeras formas de lenguaje oral aparecieron hace unos cincuenta mil años, mientras que la escritura surge hace aproximadamente siete mil años. En términos evolutivos, se trata de un intervalo ínfimo, apenas unas décimas de segundo. Los seres humanos somos, por tanto, aprendices recientes de esta herramienta extraordinariamente poderosa que llamamos lenguaje, y no siempre la utilizamos de manera adecuada.
Lo que aquí nos interesa es el impacto del lenguaje sobre la conciencia y la autoconsciencia. Cualquier animal —por ejemplo, un perro— cuando recibe su comida, la experimenta de manera directa: la ve, la huele, la saborea. Sin embargo, no puede formular internamente algo como: “estoy comiendo algo que me gusta, que huele bien y es sabroso”. Un ser humano, en cambio, al comer, no solo experimenta los sabores, olores y texturas, sino que puede decir —en voz alta o interiormente—: “yo estoy comiendo esta paella tan sabrosa, con mis amigos”.
A través del lenguaje, los seres humanos vivimos la realidad dos veces: una de forma directa e inmediata, y otra de forma verbal y simbólica, mediada por un órgano que denominamos mente. Decir “yo estoy comiendo” nos hace autoconscientes del hecho de que “algo está ocurriendo” y de que “alguien está haciendo algo”. Ese alguien aparece entonces como un “YO”.
Y aquí emerge el núcleo del problema humano. Cuando decimos “yo estoy comiendo”, ¿quién es ese yo? El lenguaje y la autoconsciencia abren una dimensión que no está disponible para los demás seres vivos: la identidad. ¿Quién soy yo? ¿Quién es ese que está comiendo, pensando o actuando? Esta pregunta constituye el problema fundamental de la filosofía, el eje central del desarrollo posterior de la psicología científica y, al mismo tiempo, la cuestión esencial de toda práctica espiritual auténtica.
Este será también el tema central de la presente serie de capítulos, al que volveremos de manera recurrente a lo largo de estas páginas.
La mente tiene dos áreas o funciones principales:
- La Mente LUZ. La inteligencia es el principio rector del Universo y la mente es el instrumento (el órgano) que tenemos los seres humanos para comprender el funcionamiento del universo. La mente LUZ es la madre del conocimiento científico, la literatura y la poseía.
- La Mente operativa, la que aprende, la que nos permite ser funcionales en el medio. Es la mente que ayudó a nuestros antecesores a cazar de forma eficiente, a desarrollar la agricultura y a pintar las cuevas de Altamira y que nos permite a nosotros construir puentes, curar el COVID o componer una sinfonía.
Finalmente tenemos el EGO. Un concepto muy utilizado y muy mal comprendido.
Con la adquisición del lenguaje los humanos desarrollamos un artefacto al que llamamos el EGO.
El EGO, el personaje, configura el "guión" de nuestra vida, la estructura estable del comportamiento de una persona, de lo que le gusta o disgusta, de la motivación, las ambiciones y sus objetivos en la vida.Se preguntará el lector ¿qué tiene que ver todo esto con el pecado original? La respuesta es sencilla: La aparición del EGO en la historia de la evolución ES el pecado original. El Ego es la expulsión del paraíso, de la unión con la Vida, con el Universo, con Dios.
El EGO no ha estado siempre aquí, durante muchos años de evolución, los humanos primitivos, vivían integrados en la naturaleza, en “el paraíso”, como demuestran los hallazgos antropológicos de muchos pueblos primitivos descubiertos en las campañas coloniales desde los siglos XV a XIX en América, África y Oceanía. Pueblos que fueron tachados de cobardes y aniquilados porque no entendían las ansias de conquista ni la avaricia y la violencia de los conquistadores.
La aparición del EGO, como estructura de la mente del hombre moderno, se sitúa hace unos 6.000 años, justo antes de la Revolución Agrícola y del Primer Gran Imperio de la Humanidad, Egipto. Con la Revolución Agrícola se inicia la conquista (y la destrucción) del planeta. Cuando una especie, el Homo sapiens sapiens, decide que tiene derecho a apropiarse de la tierra y a expulsar de ella al resto de seres vivos. Cuando dicha especie se cree con derecho a dominar y doblegar la naturaleza a su antojo.
El EGO es la ruptura con la naturaleza. Es una “idea” equivocada que separa al individuo del mundo, de la naturaleza, de la VIDA, de DIOS. Los seres humanos no nacemos con esta estructura ya construida. Con la aparición del EGO en nuestras vidas, entre los 3 y los 5 años de edad, el mundo, y las demás personas, se convierten en algo externo, y nos convertimos en seres enajenados de nuestra auténtica naturaleza. Y es en ese punto cuando se inician los comportamientos egocéntricos y egoístas que nos están llevando al puro y mero desastre como especie.
Sucede que desde hace 6.000 años todos los seres humanos compartimos la misma estructura mental, el EGO, y nos parece totalmente natural e inevitable y construimos nuestra vida a partir de ese error. Desde la visión egoísta. Hasta el punto que tenemos un umbral en el que este egoísmo es tolerable y asumido como inevitable y únicamente a las personas, o los actos, que superan ese umbral las llamamos peyorativamente “egoístas”. Pero es un simple tema de nivel, de grado. Todos nos comportamos, en esencia, de forma egoísta, porque vivimos desde el EGO.
La vuelta al paraíso era (y es) la función y el objetivo de las religiones, de la Filosofía Perenne. La palabra religión procede del latín re-ligare, volver al origen, volver a la fuente, re-unir al individuo con DIOS (Brahman o Tao según cada uno prefiera) y volver al paraíso perdido. Pero a través de los siglos las propias religiones se han adaptado al EGO y han ido perdiendo su función original. Solo algunas ramas del misticismo cristiano, judío o islámico, del budismo y del hinduismo han permanecido fieles a su función. Además, hoy disponemos de modernas técnicas de sicología que nos van a ayudar en esta tarea de volver al origen. Paso fundamental para resolver las crisis y los retos que la humanidad tiene planteados.
Por primera vez en la historia de la Humanidad disponemos, en la punta de los dedos, literal, a través de un teclado, de toda la sabiduría acumulada a través de los siglos, ¿Sabremos utilizarla para salvar a la especie? El planeta no me preocupa por que sabe cuidar de sí mismo.
Nota. en este texto distingo entre Conciencia, entendida como el principio absoluto descrito por el Advaita Vedānta, y conciencia, entendida pedagógicamente como la capacidad de darse cuenta propia de los seres vivos. La primera es una e invariable; la segunda es su manifestación funcional y presenta distintos grados de expresión.
Siguiente capitulo: Conócete a ti mismo.



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