La Psique Humana
La psique humana es el conjunto de procesos, conscientes e inconscientes, que configuran nuestra personalidad: aquello que nos gusta y nos disgusta; lo que nos motiva y canaliza nuestra energía hacia la acción; lo que pensamos de nosotros mismos y de los demás; nuestros juicios y valores. En conjunto, la psique genera el diálogo interior que mantenemos de forma casi constante y toda la gama de emociones, sentimientos y estados de ánimo de los que somos capaces los seres humanos.
En capítulos anteriores hemos visto cómo se forma esta estructura.
A modo de síntesis, el proceso —desarrollado con mayor detalle en Descubriendo al Personaje y Nuestro Niñ@ Interior— puede esquematizarse del siguiente modo:
-
Entre los 3 y los 5 años de edad, coincidiendo con la adquisición del lenguaje, se produce en cada ser humano un doble proceso simultáneo: por un lado, la pérdida de reconocimiento del fondo o SER; por otro, la identificación progresiva con el cuerpo, el nombre y los juicios que provienen del entorno.
-
Esta identificación da lugar a una primera estructura mental que denominamos Yo Idea.
-
El Yo Idea genera en el niño un estado carencial, al limitar la libre expresión de su fuente natural de energía, inteligencia y afecto (Sat, Chit, Ananda).
-
Para compensar esta vivencia de carencia y limitación, se desarrolla una estructura complementaria, el Yo Ideal, que sintetiza las aspiraciones vitales de la persona y suele constituir el opuesto del Yo Idea.
-
El eje Yo Idea – Yo Ideal configura un campo dinámico de atracción y repulsión, en gran medida inconsciente. El niño aprende a comportarse de modo que reduzca el dolor asociado a su Yo Idea y se acerque a la imagen proyectada en su Yo Ideal, adoptando aquellos comportamientos, roles y situaciones que refuerzan este eje central.
-
Paralelamente, el niño recibe de su entorno un conjunto de mandatos y creencias que reflejan los valores, preferencias y expectativas de la familia y del grupo social de referencia. Estos contenidos son interiorizados a través de mecanismos de aprobación y desaprobación, recompensas y castigos, explícitos o implícitos.
-
El Yo Idea formulado en la primera infancia, el Yo Ideal que se irá consolidando en los años posteriores, y los mandatos y creencias asumidos del entorno, configuran una estructura psíquica relativamente estable que se convierte en la base del funcionamiento posterior de la psique.
-
A esta estructura profunda, en gran parte inconsciente, que se consolida a una edad temprana y tiende a perdurar a lo largo de la vida, la denominamos Niñ@ Interior.
-
Esta estructura establece el guión vital de la persona. En su desarrollo hacia la vida adulta, el niño va ajustando sus comportamientos para manejar las tensiones y conflictos derivados de la dinámica entre el Yo Idea, el Yo Ideal y los mandatos y creencias interiorizados.
-
El conjunto de estos comportamientos, relativamente estables y predecibles, da lugar a lo que comúnmente llamamos personalidad, psique, ego o personaje.
Llegado un cierto momento de la vida, esta identificación se vuelve tan habitual que se asume como evidente: creemos ser el cuerpo, el nombre y los atributos que nos han sido asignados desde fuera.
“Yo soy Juan, no soy muy listo y soy algo torpe” (Yo Idea).
“Yo soy María, mis padres no me prestan atención; soy guapa y graciosa y algún día seré famosa y todo el mundo me querrá” (Yo Idea y Yo Ideal).
“En la vida hay que luchar para conseguir lo que uno quiere y solo los fuertes triunfan” (Mandato).
“Mi familia es una familia de vencedores y triunfadores” (Creencia)
La psique humana se organiza alrededor de un núcleo central, el Niñ@ Interior —formado por el Yo Idea, el Yo Ideal y el conjunto de mandatos y creencias interiorizados—. En su interacción dinámica con el entorno, este núcleo da lugar al personaje, la parte más estable de la estructura psíquica, constituida por los patrones de comportamiento habituales que desplegamos en la vida cotidiana y que comúnmente denominamos personalidad.
Junto a esta dimensión relativamente estable aparece otro componente fundamental: la Voz Interior (stimulus-free thinking). Se trata de un flujo continuo de pensamiento no provocado directamente por estímulos externos, que ocupa gran parte del espacio mental y que genera los estados emocionales resultantes de la interacción entre el personaje y la realidad.
La psique humana, en este sentido, es la fuente principal del sufrimiento psicológico que experimentamos a lo largo de la vida: angustia, ansiedad, culpa, frustración, resentimiento o insatisfacción crónica. No se trata de negar la existencia del dolor físico o de las dificultades inherentes a la vida, sino de señalar que el sufrimiento añadido, persistente y repetitivo, tiene su origen en esta estructura psíquica.
Si aceptamos que la psique humana es un artefacto adquirido, sin base genética determinante, y si somos capaces de comprender con claridad su génesis, su composición y el funcionamiento de cada una de sus partes, entonces resulta razonable plantear que también es posible desactivar progresivamente su funcionamiento disfuncional. Como consecuencia, no se elimina la vida ni sus desafíos, pero sí puede reducirse de manera significativa —y en algunos casos disolverse— el sufrimiento psicológico innecesario que la psique genera.
El Inconsciente
Sigmund Freud fue el primer pensador occidental en formular de manera sistemática la existencia del inconsciente a principios del siglo XX. En su momento, esta idea resultó profundamente controvertida. Hoy, sin embargo, el concepto de inconsciente está ampliamente aceptado, tanto por la comunidad científica como por la cultura general, aunque con interpretaciones diversas según las distintas corrientes psicológicas.
Una parte muy importante de la psique humana es inconsciente; es decir, funciona por debajo del umbral de la conciencia. No nos damos cuenta directamente de su actividad, pero su influencia en nuestros comportamientos, decisiones y estados emocionales es determinante.
El inconsciente alberga distintos tipos de contenidos.
Una primera categoría corresponde a la estructura básica de la psique, que, como hemos visto, se forma a una edad muy temprana. Todo el entramado del personaje —tal como lo hemos definido aquí— es, en gran medida, inconsciente. El Yo Idea, el Yo Ideal, así como los mandatos y creencias que conforman nuestro Niñ@ Interior, se instalan en la mente sin filtros y de forma no consciente, y desde ahí condicionan nuestros comportamientos y elecciones vitales.
El trabajo de descubrimiento del personaje consiste precisamente en hacer conscientes estas ideas, creencias y procesos mentales, de modo que, al observar cómo operan y qué impacto tienen en nuestra vida, podamos desactivar su funcionamiento automático.
Una segunda categoría de contenidos inconscientes está formada por experiencias, impulsos y emociones reprimidos. El personaje actúa como un filtro: aquellos contenidos que percibe como excesivamente dolorosos o amenazantes son reprimidos y relegados a las capas más profundas del inconsciente.
Los seres humanos somos una fuente inagotable de Energía, Luz y Amor (Sat, Chit, Ananda), y la vida nos ofrece continuamente oportunidades de expresar estas potencialidades en forma de acción, vínculo y creatividad. Sin embargo, cuando el personaje —limitado por definición— considera que no somos capaces o no merecemos vivir una determinada experiencia, esa energía queda bloqueada. La experiencia no vivida se reprime y pasa a formar parte del inconsciente.
Estos contenidos reprimidos constituyen energía psíquica atrapada. Aunque no sean accesibles a la conciencia ordinaria, permanecen activas y buscan constantemente una vía de expresión.
El grado de represión determina la profundidad a la que estos contenidos quedan relegados. A mayor sufrimiento o amenaza percibida, mayor represión y mayor inaccesibilidad consciente.
El inconsciente profundo está compuesto por contenidos fuertemente reprimidos —experiencias, impulsos o emociones— que no pueden ser accedidos sin un trabajo específico, como el que se realiza en distintos enfoques terapéuticos.
Mantener esta energía reprimida requiere un alto coste energético. Para sostener los contenidos inconscientes fuera de la conciencia, el sistema psíquico consume una cantidad de energía proporcional —o incluso superior— a la que se mantiene bloqueada. Esa energía no está disponible para la vida, la creatividad o la acción consciente.
A lo largo de la vida, este reservorio inconsciente puede ir acumulando numerosos contenidos no integrados, que afectan de forma profunda y negativa a nuestra experiencia vital.
Por ello, una parte fundamental de los avances en psicología se orienta a acceder, hacer conscientes e integrar los contenidos inconscientes.
El paso de lo inconsciente a lo consciente, cuando se realiza de forma adecuada, es un proceso liberador, sanador y profundamente transformador para el individuo.
Los conflictos Interiores
Entendemos por conflicto una situación en la que fuerzas internas opuestas tiran en direcciones distintas, generando disfunción, tensión y malestar psicológico.
La vida, en su sentido más amplio, es crecimiento, adaptación y desarrollo. Si observamos el funcionamiento de la naturaleza, vemos que todo ser vivo nace incompleto, crece, se desarrolla, se reproduce y finalmente muere. Este proceso se produce sin necesidad de planificación consciente: es el propio dinamismo de la vida el que guía cada etapa.
En el nivel individual, cada organismo nace con un potencial que el entorno contribuye a desplegar. El medio proporciona los nutrientes necesarios para el desarrollo físico y el feedback imprescindible para el aprendizaje de los comportamientos que permiten una interacción eficaz con el entorno.
En el nivel de las especies, los individuos mejor adaptados al medio tienen mayores probabilidades de sobrevivir y reproducirse, transmitiendo sus características a la siguiente generación. De este modo, a lo largo de múltiples generaciones, se produce el proceso evolutivo, mediante el cual cada nueva generación tiende a estar mejor ajustada a su entorno que la anterior.
Desde esta perspectiva, la naturaleza muestra una forma de inteligencia funcional: las respuestas de los organismos a su entorno son, en general, adecuadas y suficientes para la preservación de la vida. No se trata de una inteligencia reflexiva o consciente, sino de un ajuste espontáneo entre organismo y medio. En este sentido, la vida no genera conflicto interno: responde a lo que es, en el momento presente.
Los seres humanos somos parte de la naturaleza y, durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, hemos vivido integrados en este mismo orden natural. Sin embargo, con la aparición y consolidación de la psique humana, hace unos pocos milenios, se produjo una ruptura significativa en esta forma de funcionamiento, dando lugar a lo que hemos denominado la Condición Humana.
La psique introduce una estructura fija que se forma en la infancia y que, una vez consolidada, actúa como un filtro relativamente estable entre el individuo y su entorno. Este filtro no solo interpreta las señales de entrada, sino que también condiciona y distorsiona las respuestas, en función de sus propias carencias, miedos y estrategias de compensación.
Como consecuencia, la psique nos aleja de la inteligencia natural, aquella que responde de manera directa, ajustada y eficaz a las situaciones de la vida, y genera conflictos internos que se traducen en sufrimiento psicológico. El conflicto no surge de la vida en sí, sino de la interferencia de una estructura mental que ha perdido el contacto con el flujo natural de la experiencia.
La psique nos aleja de la inteligencia natural, la que da respuestas acertadas a las situaciones, y nos genera conflictos y sufrimiento.
Edad: 34 años
Profesión: Ejecutivo en una corporación multinacional
Entorno en la infancia:
Tercer hijo de cinco en una familia de clase media acomodada, con roles parentales muy tradicionales. El padre es autoritario, distante y exigente, con escasa expresión emocional. La madre es afectuosa en apariencia, sumisa en lo explícito y manipuladora en lo implícito.
Este entorno favorece la configuración del siguiente esquema psíquico (véase Descubriendo el Personaje y Nuestro Niñ@ Interior):
-
Yo Idea:
No valgo demasiado. No soy especialmente listo ni capaz. Los demás son mejores que yo. -
Yo Ideal:
Algún día triunfaré en la vida. Seré una persona reconocida y respetada por todos. -
Mandato:
Trabaja duro y sin descanso y conseguirás lo que te propongas. -
Creencia:
La vida es solo para los fuertes y los triunfadores.
Descripción del personaje
Juan tiene una inteligencia superior a la media. Completó con buenas calificaciones la carrera de ingeniería y posteriormente un MBA. Su verdadera vocación era la medicina y la ciencia médica, pero no percibió ese camino como una vía clara hacia el “triunfo” y optó por el mundo empresarial.
A los 34 años está casado y tiene dos hijos. Es un joven ejecutivo con proyección, trabaja en una gran empresa, posee vivienda y coche en propiedad y disfruta de un nivel de vida confortable. Está completamente volcado en su carrera profesional. Valora y se identifica con personas que, como él, “han triunfado”. Es socio del club de campo de su ciudad, donde se relaciona habitualmente con personas de ese perfil. Tiende a menospreciar a quienes considera poco ambiciosos, atribuyendo su situación vital a una falta de esfuerzo personal.
Desde una perspectiva externa, Juan es un triunfador.
El conflicto interior
Sin embargo, Juan sufre. Vive inmerso en un conflicto interno constante. Su voz interior le repite que vale menos que los demás, lo que le lleva a esforzarse de manera excesiva y a trabajar muchas más horas de las necesarias. Dedica poco tiempo a su mujer y a sus hijos, y el clima familiar comienza a deteriorarse.
Cuando surge una oportunidad de ascenso, desea presentarse, pero su voz interior le susurra que no será para él, que los otros candidatos son mejores. Esta tensión entre el “no valgo lo suficiente” y el “he de conseguirlo para demostrar que sí valgo” lo mantiene en un estado de presión constante. Se vuelve irritable, distante, muy competitivo y extremadamente exigente consigo mismo y con los demás.
Finalmente, no obtiene el ascenso que esperaba. Tras el rechazo, atraviesa varios días de profunda desorientación y abatimiento, acompañados por un diálogo interior insistente que le recuerda su supuesta falta de valía y anticipa un futuro negativo.
En otra ocasión, Juan logra un gran éxito en un proyecto relevante y recibe un reconocimiento público. Este logro le provoca una intensa euforia, una exaltación emocional que él mismo percibe, en lo más íntimo, como temporal y frágil.
Lectura del caso
El lector probablemente se reconocerá en Juan y en sus conflictos, porque todos compartimos una estructura psíquica similar. En unos casos, la carencia central gira en torno al reconocimiento (Luz); en otros, al afecto (Amor) o a la capacidad y el poder (Energía). Son los tres ejes fundamentales de la existencia humana que la psique limita a través del Yo Idea.
Las preguntas que se desprenden de este ejemplo son dos:
-
¿Es Juan una persona feliz?
-
¿Es Juan una persona libre?
Si entendemos la felicidad como un estado de paz interior, de plenitud y de ausencia de carencia, resulta evidente que Juan no es feliz. Vive en tensión permanente, con miedo y angustia. Su vida se articula en torno a una lucha constante por demostrar su valía y alcanzar reconocimiento (Yo Ideal), mientras que una voz interna insiste en recordarle que vale menos que los demás (Yo Idea).
Cuando se aproxima a su objetivo/ideal, su estado emocional se vuelve eufórico; cuando se aleja, cae en el abatimiento. Su vida transcurre en una sucesión de altibajos emocionales determinados por las circunstancias externas. En los momentos de mayor desánimo, reaparece una pregunta recurrente: si no debería haber seguido el camino de la medicina, que percibe como su verdadera vocación.
La vida es una oportunidad de crecimiento y desarrollo. La parábola del grano de mostaza nos muestra como una cosa pequeña llega a convertirse en un gran árbol, sin ningún esfuerzo especial, por la simple lógica de la vida.Cuando Juan recibe un estímulo del entorno, su psique lo filtra automáticamente en función de los intereses de su personaje. Sin darse cuenta, su mente evalúa en qué medida ese estímulo amenaza su Yo Idea y reacciona para protegerlo. Si decide actuar, su mente vuelve a evaluar qué conducta se ajusta mejor a la consecución de sus objetivos, en particular a su necesidad de reconocimiento y a la imagen proyectada en su Yo Ideal, y actúa en consecuencia.
La acción que resulta de este proceso no es espontánea ni libre. Es una respuesta condicionada. La relación de Juan con la vida está mediada, de forma casi constante, por su personaje.
Esto mismo nos ocurre a cada uno de nosotros.
El camino hacia la libertad no consiste en mejorar el personaje ni en hacerlo más eficaz, sino en reconocerlo y desactivar los mecanismos que nos condicionan, de modo que la inteligencia natural pueda volver a expresarse sin interferencias. Cuando esto sucede, la acción deja de estar dictada por la carencia o la compensación y se vuelve más simple, más ajustada y más viva. La vida recupera entonces su carácter espontáneo y natural.
Una emoción es una respuesta fisiológica automática del organismo ante un determinado estímulo del entorno. Sus características son muy claras:
Es reactiva
-
Tiene inicio, pico y descenso
-
Está ligada al personaje / psique
-
Se activa en relación con el eje Yo Idea – Yo Ideal
Se sostienen y mantienen por la Voz Interior, en ausencia de un estímulo externo.
En los seres humanos, este mismo mecanismo adquiere una dimensión diferente. El personaje actúa como un filtro de la realidad y altera el funcionamiento natural de las emociones. Las emociones ya no se desencadenan únicamente en respuesta a estímulos objetivos del entorno, sino principalmente en función de la interpretación que el personaje hace de dichos estímulos.
Ante cualquier situación, las personas solemos movernos entre dos polos:
la amenaza del Yo Idea —voy a fallar, no me querrá, todo saldrá mal—, que genera emociones que solemos denominar negativas; y la ilusión del Yo Ideal —por fin lo voy a conseguir, ahora sí, me ha dicho que me quiere—, que genera emociones que solemos denominar positivas.
Las emociones que llamamos negativas —miedo, ira, envidia, culpa, vergüenza— se activan principalmente cuando el personaje se siente amenazado, ya sea en su Yo Idea o en la posibilidad de no alcanzar su Yo Ideal.
Las emociones que llamamos positivas —excitación, entusiasmo, euforia— aparecen cuando el personaje percibe que se acerca a su Yo Ideal y cree que está a punto de alcanzar, de manera definitiva, aquello que le dará plenitud.
Estados emocionales
Tanto las emociones positivas como las negativas son el resultado de una visión sesgada de la realidad, mediada por el personaje. Dado que esta visión es relativamente estable y persistente en el tiempo, las emociones tienden también a repetirse y a cronificarse. Cuando una emoción se mantiene activa durante un periodo prolongado, deja de ser una respuesta puntual y se convierte en un estado emocional.
Los estados emocionales más habituales en la psique humana son el miedo, la angustia, la tristeza y la apatía. Cuando estos estados superan un determinado umbral de intensidad y se mantienen en el tiempo, generan situaciones de profundo malestar y sufrimiento psicológico.
Algunas personas logran proteger su personaje de forma eficaz y construir una vida relativamente estable; en ellas, el nivel emocional se mantiene por debajo de un umbral que hace la vida soportable. Otras, en cambio, viven atrapadas en conflictos internos persistentes que les impiden alcanzar una mínima estabilidad, y su experiencia vital se convierte en un vaivén constante de estados emocionales, en su mayoría negativos. Entre estos dos extremos nos situamos todos, en distintos grados.
Superar estos estados emocionales no depende de suprimir las emociones ni de aprender a gestionarlas superficialmente, sino que requiere un trabajo profundo y sistemático sobre la estructura que las genera: el personaje y su forma de interpretar la realidad.
Cuando el personaje pierde centralidad y deja de dirigir la relación con la experiencia, la vida emocional se transforma. La reactividad automática disminuye y, en su lugar, comienzan a manifestarse sentimientos más estables, no dependientes de circunstancias externas ni de la satisfacción de objetivos personales.
En este sentido, trascender el personaje no implica dejar de sentir, sino pasar de una vida dominada por emociones reactivas y fluctuantes a una vida en la que predominan sentimientos profundos, sostenidos y no condicionados. Es una transformación cualitativa de la experiencia humana, no una supresión de la dimensión afectiva.
La naturaleza humana vs. La condición humana.
Las personas humanas podemos distinguir, a efectos de comprensión, cuatro dimensiones claramente diferenciadas:
Un cuerpo físico, perteneciente al nivel material de la realidad, compuesto por materia y procesos biológicos. Este es el ámbito de estudio de la física, la química, la biología y la medicina.
Una mente, donde residen las ideas, la memoria y los procesos cognitivos. La mente opera en el nivel sutil o mental, y es el campo de investigación de la psicología y de las ciencias cognitivas.
Un Sujeto (el Ser, la Consciencia, el Self, Atman, el Tao), que pertenece al nivel causal o fundamental de la realidad. No es un objeto ni un contenido de la experiencia, sino aquello en lo que toda experiencia aparece. Desde este nivel emergen la claridad, la vitalidad y el sentido de plenitud que las tradiciones expresan como Sat–Chit–Ananda. Este es el ámbito propio de la espiritualidad.
Una psique, formada en el nivel mental, que constituye una estructura adquirida, no natural, resultado de la identificación con el personaje. La psique ocupa gran parte del campo de la conciencia en la vida adulta y es la principal causa del sufrimiento psicológico. Su estudio y abordaje corresponden al campo de la psicología.
La comprensión completa de la naturaleza humana requiere contemplar los cuatro niveles interdependientes, que interactúan de forma constante y compleja entre sí.Tres de ellos —cuerpo, mente y espíritu— forman parte de la naturaleza humana.
El cuarto —la psique— configura lo que hemos denominado la condición humana.
Tanto a través del camino de la ciencia como del de la contemplación, avanzamos de forma firme y acumulativa en la comprensión de estos niveles y de sus interacciones. La ciencia ha desarrollado de manera extraordinaria el conocimiento del cuerpo y, poco a poco, de la mente; la contemplación ha hecho lo propio con el reconocimiento directo del Sujeto, del nivel causal de la experiencia.
La espiritualidad no es una disciplina irracional, esotérica ni acientífica. Es un método riguroso de investigación de la experiencia, basado en la observación directa, sistemática y repetible del funcionamiento de la consciencia. La aceptación de la espiritualidad como una dimensión natural y consustancial al ser humano —desvinculada de creencias, dogmas o estructuras religiosas— constituye un paso decisivo para avanzar en el proceso de humanización y en el pleno desarrollo de nuestra especie.
André Malraux afirmó que el siglo XXI sería espiritual o no sería. Más allá de la literalidad de la frase, apunta a una intuición profunda: así como Freud y la psicología incorporaron de forma definitiva el mundo interior —el nivel mental— al campo de la conciencia colectiva, el siguiente paso inevitable es integrar el nivel causal, el reconocimiento explícito del Sujeto.
Esta integración no es un lujo intelectual ni una opción marginal. Desde esta perspectiva, constituye una condición necesaria para abordar de raíz los problemas fundamentales de nuestra época —el sufrimiento psicológico, la violencia estructural, la desconexión con la naturaleza y la crisis de sentido— y para garantizar la continuidad de la vida humana en el planeta.


Comentarios
Publicar un comentario