Un Mundo en Crisis Permanente




 Vivimos en un mundo de enorme complejidad, atravesado por crisis sucesivas que ya no pueden entenderse como fenómenos aislados ni coyunturales. No se trata de una crisis concreta, sino de un estado de crisis permanente.

Nuestros comportamientos individuales y colectivos se han vuelto, en apenas dos generaciones, profundamente insostenibles. Por primera vez en la historia, el modo de vida de una especie amenaza las condiciones mismas que hacen posible la vida en el planeta. Esta no es una batalla que podamos ganar: la naturaleza y la vida son infinitamente más fuertes que cualquier sistema humano. La idea de que podemos imponernos a ellas revela una forma de vanidad infantil, profundamente arraigada en nuestra cultura, que nos impide ver la situación con claridad.

Cuando hablamos de crisis, conviene precisar el término. Según la RAE, una crisis es una situación grave y decisiva que pone en peligro el desarrollo de un proceso. Lo decisivo, en nuestro momento histórico, es que varios procesos críticos convergen simultáneamente y se refuerzan entre sí.

Podemos identificar, al menos, las siguientes:

  • Crisis climática, provocada por el uso masivo de combustibles fósiles, que está alterando el equilibrio térmico del planeta y generando consecuencias sistémicas cada vez más visibles e irreversibles.

  • Crisis medioambiental, derivada del despilfarro de recursos, la producción masiva de residuos no degradables, la contaminación de suelos y océanos y el uso irresponsable del agua y de los ecosistemas.

  • Crisis económica, que se manifiesta en ciclos recurrentes de inestabilidad y muestra los límites de un modelo de producción y distribución de la riqueza profundamente ineficiente y estructuralmente injusto.

  • Crisis alimentaria, consecuencia directa del deterioro ambiental, la pérdida de biodiversidad y la fragilidad de los sistemas agrícolas, que amenaza con hambrunas a amplias zonas del planeta.

  • Crisis sanitaria, evidenciada de forma dramática por la pandemia de la COVID-19, que reveló tanto la vulnerabilidad de nuestras sociedades como las profundas desigualdades entre grupos humanos y países.

  • Crisis bélica, que desmiente la ilusión de que la guerra pertenece al pasado. En pleno siglo XXI, los conflictos armados persisten, se recrudecen y se convierten, en muchos casos, en negocios altamente lucrativos para determinados intereses económicos y geopolíticos.

  • Crisis migratoria, resultado combinado de la pobreza, los conflictos, el deterioro ambiental y la desigualdad estructural, que obliga a millones de personas a abandonar sus hogares en busca de condiciones de vida dignas, mientras las sociedades receptoras mantienen una relación ambivalente de necesidad y rechazo.

Y, finalmente, la más silenciosa y quizá la más decisiva de todas:

  • La crisis existencial, que afecta a un número creciente de personas. Un malestar profundo, difuso y persistente, que se expresa en ansiedad, depresión, vacío interior, pérdida de sentido y desconexión vital.

Todas estas crisis tienen manifestaciones distintas, pero comparten un origen común. No son solo fallos técnicos, políticos o económicos. Son la expresión externa de un modo de estar en el mundo profundamente desajustado.

En última instancia, la crisis que atraviesa nuestra civilización no es sólo ecológica, económica o social: es una crisis de conciencia, una crisis del modo en que el ser humano se percibe a sí mismo, se relaciona con la vida y ocupa su lugar en el conjunto de la existencia.



 
 
 Es evidente que existen múltiples formas de describir estas crisis, y que la lista podría ampliarse o formularse de otro modo. También es cierto que siempre cabe la tentación de ver el vaso medio lleno o medio vacío. Sin embargo, más allá del enfoque que adoptemos, hay un hecho difícil de eludir: como especie, los seres humanos estamos gestionando muy mal nuestra relación con la vida y con el planeta.

La pregunta de fondo es inevitable: ¿cómo es posible que una especie con un nivel tan alto de desarrollo científico y tecnológico sea incapaz de resolver problemas que ella misma ha generado y que amenazan su propia continuidad?

La hipótesis que propongo es la siguiente: el ser humano es una especie inacabada, un proceso evolutivo aún en curso. No en el sentido biológico clásico —nuestro cuerpo está perfectamente adaptado—, sino en el plano psicológico y de la conciencia. Somos, en este sentido, work in progress.

Nuestra situación puede compararse, de forma metafórica pero esclarecedora, con la de los primeros organismos que abandonaron el medio acuático para explorar la tierra firme. Aquella transición —de la que surgieron los anfibios— fue un salto evolutivo extraordinario, pero también un proceso largo, incierto y costoso, marcado por innumerables intentos fallidos.

Conviene recordar un dato revelador: entre el pez ancestral, antepasado común de todos los vertebrados terrestres, y los primeros anfibios plenamente adaptados al nuevo medio, transcurrieron aproximadamente 25 millones de años de evolución. Millones de años de ensayo y error, de adaptaciones parciales, de crisis y reajustes, en los que la naturaleza operó con una paciencia que supera cualquier escala humana.

Desde esta perspectiva, las crisis que atravesamos hoy podrían interpretarse  como síntomas de una transición evolutiva aún no resuelta. ¿Es válida esta hipótesis?


Pensemos, en primer lugar, en cuánto tiempo llevamos los seres humanos sobre la Tierra desde una perspectiva evolutiva. Se estima que los chimpancés y los seres humanos nos separamos de un antepasado común hace aproximadamente seis millones de años. Sin embargo, el género
Homo, antecesor directo de nuestra especie actual, no apareció hasta unos tres millones de años después. El Homo sapiens sapiens, nuestra especie, surge hace apenas quinientos mil años, lo que en términos evolutivos equivale, metafóricamente, a “unos pocos segundos”.

Si comparamos esta transición —desde el antepasado común con el chimpancé hasta el ser humano actual—, que se desarrolló a lo largo de seis millones de años, con otros grandes saltos evolutivos, como el paso del pez al anfibio, que requirió aproximadamente veinticinco millones de años, resulta razonable pensar que la evolución humana está aún en una fase muy temprana. Desde esta perspectiva, podría afirmarse que nos quedan todavía varios millones de años de desarrollo para alcanzar formas de organización y conciencia que la propia naturaleza parece esbozar. Los seres humanos somos, en este sentido, recién llegados a la “fiesta” de la vida, y convendría reconocer nuestra inmadurez y falta de experiencia en el complejo juego de la existencia.

¿Cuál es entonces nuestro principal problema como especie? Una respuesta posible —y central para este análisis— es la visión egocéntrica de la existencia, es decir, el egoísmo. Si esta limitación estructural pudiera resolverse, el panorama humano cambiaría de manera radical. El egoísmo surge de una profunda desconexión con la Vida y con la Naturaleza, alimentada por una configuración mental errónea que nos lleva a creer que nuestro pequeño ego individual constituye el centro de la realidad. Sin embargo, cada uno de nosotros no es más que una forma de vida diminuta, habitando una roca que gira alrededor de una estrella de tamaño medio, situada en un extremo de una galaxia con más de doscientos mil millones de estrellas, dentro de un universo que alberga más de cien mil millones de galaxias similares o incluso mayores que la nuestra.

Comprender el origen de esta distorsión, analizar sus consecuencias y explorar posibles vías de superación será el objetivo central de los capítulos que componen este blog.





Siguiente capitulo: El Pecado original.

Comentarios

  1. ¡Enhorabuena, Sebas! Accedo por primera vez a tu blog y ya estoy deseando leer las siguientes entradas...
    Por completar la lista, yo apuntaría también la "crisis de valores" que muchas veces hace que todo valga para conseguir un fin (y que suele estar relacionado con la exaltación del ego que mencionas)

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