La Condición Humana
La tradición budista se inicia con la formulación de las Cuatro Nobles Verdades, que constituyen el núcleo de su comprensión de la condición humana:
La existencia está marcada por la insatisfacción (dukkha).
No en el sentido de que todo sea dolor o desgracia, sino en el sentido de que ninguna experiencia condicionada puede proporcionar una satisfacción plena y duradera.El origen de esta insatisfacción es el apego, el deseo y la ignorancia.
Es decir, la tendencia a aferrarnos a lo cambiante y a construir una identidad sobre ello.La insatisfacción puede ser comprendida y superada.
Aunque es inherente a la experiencia humana condicionada, no constituye un destino inevitable.El Noble Óctuple Sendero es el conjunto de prácticas que permiten salir de la insatisfacción y acceder a una forma de bienestar más estable, profunda e incondicional.
El budismo parte, por tanto, del reconocimiento honesto del sufrimiento humano para proponer un camino práctico de transformación. No se trata de una visión pesimista de la vida, sino de un enfoque realista: identificar con claridad el problema para poder abordarlo.
Vivimos el sufrimiento como algo tan habitual que rara vez lo cuestionamos. Lo damos por hecho, como si formara parte inevitable de estar vivos. Sin embargo, cuando lo observamos con atención, descubrimos que el sufrimiento humano tiene características muy específicas.
El sufrimiento es una experiencia compleja y difícil de definir con precisión. Puede describirse como el conjunto de estados psicológicos dolorosos —tristeza, ansiedad, culpa, miedo, rumiación, recuerdos intrusivos, expectativas frustradas— que las personas experimentamos a lo largo de la vida con distinta intensidad. Puede manifestarse como un malestar leve y persistente o alcanzar formas profundas como la depresión, e incluso expresarse como dolor físico sin una causa orgánica clara.
Los seres sintientes, incluidos los animales y los seres humanos, pueden experimentar dolor causado por una lesión, una enfermedad o una amenaza real. También pueden experimentar miedo primario ante el peligro. Sin embargo, el sufrimiento humano va más allá del dolor inmediato: implica una elaboración mental, una proyección en el tiempo, una narración interna que amplifica y prolonga la experiencia dolorosa.
En este sentido, el sufrimiento es característico de la condición humana y está vinculado a una estructura específica que solo los humanos desarrollamos plenamente: la psique, entendida como el entramado de memoria, lenguaje, identidad y narración personal. Es esta estructura la que permite recordar el dolor pasado, anticipar el dolor futuro y construir una historia personal alrededor de la experiencia, generando un malestar sostenido incluso en ausencia de una causa externa inmediata.
Desde esta perspectiva, el sufrimiento no es un castigo ni un error moral, sino una consecuencia directa de cómo está organizada la experiencia humana. Y, precisamente por ello, puede ser comprendido y transformado.
¿Es la condición humana una maldición? ¿Tiene un origen identificable? ¿Puede explicarse desde la biología o la genética? ¿Es lo mismo la condición humana que la naturaleza humana?
Estas preguntas han acompañado a la humanidad desde sus orígenes y siguen siendo plenamente actuales.
Cuando observamos nuestras sociedades, resulta difícil aceptar como “natural” que los seres humanos se maten entre sí, que unos grupos opriman a otros, que se acumulen cantidades desproporcionadas de poder y riqueza o que destruyamos el entorno del que dependemos para vivir. Tampoco parece natural que una parte tan significativa de la población viva atrapada en estados de angustia, ansiedad, culpa, miedo o depresión crónica.
Esto no significa que el ser humano sea intrínsecamente bueno ni que el conflicto no haya existido nunca. Significa que muchas de las formas de sufrimiento y violencia que hoy consideramos normales no son inevitables ni estructurales, sino el resultado de una determinada forma de organización de la experiencia humana.
La evidencia antropológica sugiere que las sociedades humanas más antiguas, aunque enfrentadas a condiciones de vida duras y peligros reales, presentaban una menor complejidad psíquica y simbólica. La identidad individual estaba menos rigidizada, la relación con la naturaleza era más directa y la acumulación material y simbólica mucho más limitada y , como consecuencia, se adivina una menor proliferación de patologías psicológicas y sociales tal como las conocemos hoy.
Nuestra tradición judeocristiana expresa esta intuición a través del relato del “pecado original”: un momento simbólico en el que el ser humano es expulsado del Paraíso. Más allá de su literalidad, este relato puede leerse como una metáfora profunda: la idea de que hubo un tiempo —o un estado— en el que el ser humano vivía en mayor armonía consigo mismo, con los otros y con la naturaleza, y que en algún momento se produjo una ruptura.
A partir de ese punto, la vida humana se vuelve más fragmentada, más conflictiva y más sufriente. El “paraíso” no representa un lugar geográfico perdido, sino una forma de estar en el mundo que dejó de ser dominante.
Desde esta perspectiva, la condición humana no es una maldición impuesta desde fuera, sino el resultado de un proceso histórico, cognitivo y cultural que aún estamos aprendiendo a comprender. Y, precisamente porque tiene un origen, también puede ser comprendida y, en parte, transformada.
A día de hoy, no disponemos de una explicación científica definitiva que dé cuenta del origen profundo de la condición humana ni del sufrimiento psicológico que la acompaña. La evidencia empírica es todavía insuficiente para establecer con certeza cuándo, cómo y por qué se produjo la ruptura que estamos intentando comprender. Sin embargo, en las últimas décadas han empezado a surgir teorías interpretativas que abordan esta cuestión desde distintos ángulos.
Uno de los autores que ha trabajado explícitamente sobre este tema es Jeremy Griffith, biólogo australiano que ha publicado varios ensayos centrados en lo que denomina the human condition. Griffith defiende la tesis de que el origen del sufrimiento humano se encuentra en la tensión generada por la aparición de la auto-consciencia, en contraste con un sistema instintivo animal previo que no estaba diseñado para gestionarla.
Según su planteamiento, la emergencia de la auto-consciencia habría creado un conflicto interno: por un lado, un organismo regido por impulsos instintivos heredados; por otro, una mente capaz de reflexionar sobre sí misma, juzgarse y narrarse. Esta fricción habría dado lugar a comportamientos como el egoísmo, la violencia o la agresividad, no como rasgos biológicos innatos, sino como respuestas defensivas a una nueva complejidad psicológica.
Es importante subrayar que esta teoría no cuenta con una validación científica sólida ni con un consenso académico amplio. No puede considerarse una explicación demostrada en sentido estricto. Sin embargo, ofrece un marco interpretativo sugerente y coherente con otros enfoques —filosóficos, psicológicos y espirituales— que también sitúan el origen del problema humano en la auto-consciencia reflexiva y la construcción de identidad.
La idea de que el núcleo del sufrimiento humano no tiene una base genética o biológica rígida, sino que surge de un proceso cognitivo y cultural, resulta especialmente relevante. Desde esta perspectiva, las manifestaciones más oscuras de la condición humana no serían inevitables ni definitivas, sino comprensibles y potencialmente transformables.
Una de las teorías más sugerentes y novedosas sobre la condición humana, en la que se entrelazan psicología y espiritualidad, es la propuesta por el psicólogo transpersonal Steve Taylor en su libro La Caída.
Según Taylor, la condición humana tal como hoy la conocemos sería consecuencia de una intensificación histórica del ego, un proceso que habría tenido lugar aproximadamente entre los 10.000 y los 6.000 años antes de nuestra era, en un contexto de cambios climáticos profundos y sostenidos.
Durante ese periodo, se produjo un proceso de desertización progresiva en amplias regiones que hoy corresponden al desierto del Sáhara, la península arábiga y zonas de Oriente Próximo como Mesopotamia. La paleoclimatología confirma que estas áreas habían sido previamente mucho más fértiles, con abundancia de agua, vegetación y fauna. En ese sentido, no resulta extraño que diversas tradiciones culturales hayan conservado el recuerdo simbólico de un tiempo de abundancia y armonía con el entorno, expresado en mitos como el del Paraíso Terrenal.
Taylor plantea que el empeoramiento radical de las condiciones de vida obligó a las poblaciones humanas a adaptarse a un entorno mucho más hostil. Esta presión sostenida, vivida a lo largo de generaciones, habría favorecido la consolidación de una estructura psicológica más rígida y defensiva, centrada en la supervivencia y el control. A esta estructura es a lo que denomina ego en sentido psicológico y a lo que aqui denominamos el personaje.
Es importante subrayar que Taylor no afirma que el ego no existiera en absoluto con anterioridad, sino que no era predominante ni estructurante de la experiencia humana como pasó a serlo a partir de ese periodo. El ego, una vez consolidado culturalmente, se habría difundido rápidamente mediante transmisión social y simbólica —mucho más veloz que cualquier cambio genético—, extendiéndose a otros grupos humanos.
Desde esta perspectiva, los primeros grandes imperios históricos, como los de Mesopotamia y Egipto, no serían solo el resultado de avances técnicos u organizativos, sino también la expresión de una nueva forma de subjetividad: más competitiva, jerárquica y orientada al poder, la conquista y el dominio.
Esta hipótesis no constituye una explicación científica demostrada en sentido estricto, pero ofrece un marco interpretativo coherente que conecta datos climáticos, transformaciones culturales, mitología y psicología profunda. Su valor reside menos en la literalidad histórica que en la comprensión simbólica y psicológica de un posible punto de inflexión en la experiencia humana.
Ambas teorías —la de Jeremy Griffith y la de Steve Taylor— comparten un punto central: la aparición relativamente rápida, en términos evolutivos, de una nueva estructura mental que denominamos ego o psique humana. Esta estructura marcaría una diferencia cualitativa entre los seres humanos actuales, sus antepasados más antiguos y el resto de los seres vivos del planeta.
La psique humana se convierte así en la base sobre la que se edifica lo que llamamos condición humana. Esta condición fue descrita de forma especialmente cruda por Thomas Hobbes, cuando afirmó que el hombre es un lobo para el hombre (homo homini lupus est). Desde esta perspectiva, las sociedades humanas necesitarían leyes, normas, modelos de conducta, premios y castigos para contener una tendencia constante al conflicto —la famosa bellum omnium contra omnes, la guerra de todos contra todos— derivada no de una maldad esencial, sino de una subjetividad centrada en la defensa del yo.
A mi juicio, ambas teorías contienen una parte importante de verdad y apuntan en la misma dirección, pero les falta una pieza clave para completar el cuadro: la aparición y consolidación de un dominio avanzado del lenguaje.
El lenguaje es la capacidad que hace posible la auto-consciencia reflexiva: no solo vivir la experiencia, sino saber que se está viviendo, narrarla y construir una identidad en torno a ella. En este sentido, la tesis de Griffith —que sitúa la auto-consciencia en el origen del problema humano— resulta especialmente relevante.
Si a esto añadimos la propuesta de Taylor —según la cual un entorno de presión extrema, provocado por cambios climáticos drásticos, forzó a las poblaciones humanas a una adaptación acelerada—, podemos formular una conjetura razonable: los seres humanos de aquel periodo, que ya habían desarrollado un lenguaje complejo y una elevada capacidad simbólica, se vieron obligados a utilizar estas facultades de manera intensiva y sostenida para sobrevivir.
En ese contexto, es plausible pensar que se produjo un efecto secundario no intencionado: la cristalización de una nueva estructura mental centrada en la identidad, el control y la defensa, a la que llamamos ego. No como un rasgo biológico nuevo, sino como una configuración psíquica culturalmente transmitida, surgida de la interacción entre lenguaje avanzado, auto-consciencia y presión ambiental prolongada.
Desde esta perspectiva, el ego no sería nuestra naturaleza esencial, sino una respuesta histórica y cognitiva a circunstancias excepcionales. Y, precisamente por ello, comprender su origen abre la puerta a cuestionar su dominio actual y a explorar otras formas de vivir la experiencia humana.
En conclusión, la condición humana, con sus manifestaciones de desconexión respecto a la naturaleza, visión egocentrada de la vida, agresividad y violencia, puede entenderse como un fenómeno emergente relativamente reciente en la historia humana, probablemente consolidado en torno a los últimos seis milenios.
Desde la perspectiva aquí desarrollada, esta condición habría surgido como resultado de dos procesos simultáneos pero independientes. Por un lado, la adquisición de un dominio avanzado del lenguaje, que permitió el desarrollo de la auto-consciencia reflexiva y la construcción de una identidad narrativa. Por otro, una presión medioambiental sostenida, asociada a procesos de desertización que endurecieron de forma drástica las condiciones de vida de amplias regiones del planeta.
La interacción entre estas dos dinámicas —una capacidad cognitiva creciente y un entorno cada vez más hostil— habría favorecido la consolidación de una nueva estructura psíquica centrada en la defensa, el control y la supervivencia: el ego. No como un rasgo biológico nuevo, sino como una configuración psicológica y cultural, transmitida socialmente y reforzada por las circunstancias históricas.
Desde este enfoque, la condición humana no tiene una base genética rígida ni una determinación biológica inevitable. Es, ante todo, un fenómeno cognitivo, cultural y psicológico. Y precisamente por ello, es susceptible de comprensión y transformación. No en el sentido de regresar a un pasado idealizado, sino de reconocer los mecanismos que nos gobiernan y recuperar grados de libertad frente a ellos.
En este punto, la intuición de Jean-Jacques Rousseau resulta especialmente pertinente: no porque el ser humano sea “bueno” en un sentido moral absoluto, sino porque no nace estructuralmente corrompido. Es la forma en que se organizan la vida social, la identidad y el poder lo que distorsiona su experiencia original y lo separa de un modo de estar en el mundo más integrado.
Resulta muy difícil reconstruir con precisión cómo se produjo este proceso. No disponemos de restos fósiles de la psique ni de registros directos de la transformación interior humana. Como todo proceso cultural profundo, debió desarrollarse a lo largo de múltiples generaciones, probablemente durante varios siglos. Sin embargo, en un periodo relativamente breve en términos evolutivos —unos pocos milenios—, el ser humano había incorporado una nueva estructura mental dominante: el ego/personaje.
Desde entonces, la historia de la vida humana en el planeta quedó profundamente marcada por esta transformación. Comprender su origen no implica condenar el pasado, sino abrir la posibilidad de un futuro distinto, más consciente y menos gobernado por la confusión identitaria.
El EGO y la psique humana.
Aunque no seamos capaces de reconstruir con precisión cómo se produjo la aparición inicial del ego en la historia de la humanidad, sí podemos observar con bastante claridad cómo se forma en cada uno de nosotros y cómo se sigue reproduciendo de generación en generación.
De forma resumida, el proceso puede describirse del siguiente modo:
Los seres humanos nacemos con una carga genética que condicionará nuestro desarrollo físico y con una mente aún por construir. La mente no está plenamente formada al nacer: se configura progresivamente a partir de la experiencia de vivir y, muy especialmente, de la adquisición del lenguaje. En esta etapa temprana, el niño vive en un estado pre-reflexivo, no fragmentado, en el que no se experimenta como un individuo separado, sino como parte de un todo mayor. No hay todavía una identidad definida ni una narrativa personal.
Entre los dos y los cinco años, el niño adquiere el lenguaje y la mente se activa y organiza. Este aprendizaje se orienta fundamentalmente hacia el mundo exterior: los nombres de los objetos, los adjetivos que los califican, las acciones que se realizan con ellos y los tiempos verbales que estructuran pasado, presente y futuro. Poco a poco, el mundo se convierte en un conjunto de formas, relaciones y significados nombrables.
El lenguaje permite al niño interactuar con el entorno de manera cada vez más eficaz. Sin embargo, nadie le enseña —porque nuestra cultura lo ha olvidado— que existe también un interior, un fondo silencioso desde el que la experiencia está siendo vivida. Así, a medida que la atención se vuelca hacia los objetos y las narraciones, se pierde el reconocimiento consciente de ese fondo. No porque desaparezca, sino porque deja de ser advertido.
Esta pérdida de reconocimiento constituye un punto decisivo en la experiencia humana. De forma simbólica, puede denominarse el pecado original: no como culpa ni como caída moral, sino como el inicio de una confusión de identidad. A partir de aquí, el niño comienza a experimentarse como separado, vulnerable y expuesto. Aparecen los miedos infantiles y una forma primaria de angustia existencial.
Este proceso no es consciente ni abrupto. Nunca supimos explícitamente que estábamos “conectados”, ni podemos señalar el momento exacto de la ruptura. Pero un día, cada uno de nosotros se descubre solo frente a la vida, como un individuo aislado en un mundo inmenso, compartido con miles de millones de personas, en un planeta que gira alrededor de una estrella ordinaria, en los márgenes de una galaxia más, dentro de un universo vasto e indiferente.
En paralelo a esta pérdida de reconocimiento del fondo, el niño inicia un proceso de identificación con su cuerpo, con su nombre y con una imagen de sí mismo. Comienza a construirse lo que llamamos el personaje y, con él, la psique.
La psique humana es el resultado de la confluencia de varios procesos simultáneos:
la pérdida de reconocimiento del Ser,
la formación de una identidad ficticia (un yo construido),
y la presión social para asumir normas de comportamiento grupal a través de mandatos y creencias, junto con los juicios positivos y negativos que los acompañan.
De esta conjunción emerge una estructura mental que tiende a ocupar el centro de la experiencia. Hace que nos vivamos como individuos separados, aislados y responsables absolutos de controlar una realidad que, en gran medida, nos supera.
La psique humana constituye, así, una de las características diferenciales fundamentales de nuestra especie. A través de ella, los seres humanos nos hemos situado psicológicamente fuera de la naturaleza, no por una maldad inherente, sino como consecuencia de un efecto secundario no intencionado del desarrollo del lenguaje y de la auto-consciencia reflexiva.
Comprender este proceso no implica condenarlo, sino hacerlo visible. Y solo aquello que se hace visible puede empezar a perder su dominio.
En el contexto de este trabajo, los términos psique, ego, personaje y personalidad se utilizarán de manera prácticamente intercambiable. En un análisis más técnico o en un desarrollo teórico más exhaustivo podrían establecerse matices y diferencias sutiles entre ellos, pero dichas distinciones no son relevantes para los objetivos que aquí se persiguen.
He optado por utilizar preferentemente el término psique porque permite enlazar estas reflexiones con los desarrollos, modelos y avances del campo de la psicología clínica, la psicología analítica y el psicoanálisis, facilitando así un diálogo riguroso entre la experiencia espiritual y el conocimiento psicológico contemporáneo.
La psique humana. Psicología y Espiritualidad
La psique es una estructura adquirida, que se desarrolla necesariamente en un contexto social y en una etapa temprana de la vida, aproximadamente entre los dos y los cinco años. No forma parte de nuestra dotación biológica básica ni de nuestra naturaleza esencial, sino que se construye progresivamente a partir de la interacción con el entorno, el aprendizaje del lenguaje y los procesos de socialización.
Su formación va asociada a dos dinámicas paralelas. Por un lado, una pérdida de reconocimiento de la conexión con el Absoluto, con el fondo del Ser, que deja al individuo sin una referencia interior estable. Por otro, la identificación con una identidad construida, el ego o personaje, que pasa a ocupar el lugar central de la experiencia. A partir de ese momento, el niño comienza a vivirse como un individuo separado, limitado y vulnerable, cuya supervivencia —física, emocional y simbólica— parece depender de la defensa de su propio punto de vista.
No se trata de un proceso moral ni consciente, sino de una adaptación psicológica. Sin embargo, esta adaptación tiene consecuencias claras: aparecen el miedo, la angustia, la agresividad defensiva y la culpa, no como rasgos naturales del ser humano, sino como respuestas a una vivencia de separación y carencia.
La psique, o personaje, es así una estructura mental limitativa, que genera un estado de carencia y se sostiene sobre los condicionamientos que impone el entorno social a través de normas, expectativas y modelos culturales implícitos: “si quieres ser aceptado, debes comportarte de este modo”. Estos condicionamientos se interiorizan y pasan a operar de forma automática, muchas veces fuera del ámbito de la consciencia.
En este sentido, la psique no surge directamente de la naturaleza humana, sino del proceso de adaptación a la vida en grupo. Es una estructura condicional, funcional en determinados contextos, pero que entra en tensión con la dimensión más profunda y natural del ser humano. Desde esta perspectiva, la psique puede entenderse como una desviación funcional: una huida inconsciente de la experiencia directa de ser, y uno de los fundamentos principales de lo que denominamos la condición humana.
Durante siglos, esta estructura psíquica ha dominado la experiencia humana. La dimensión espiritual, en lugar de vivirse como una experiencia directa e integradora, quedó en gran medida institucionalizada en forma de religión —del latín re-ligare, volver a unir—. Las grandes tradiciones religiosas occidentales, como el judaísmo, el cristianismo o el islam, han puesto históricamente más énfasis en regular, contener y moralizar los efectos desbordados de la psique que en facilitar un acceso directo y experiencial a la conexión con el Absoluto o con Dios, según sus distintas formulaciones doctrinales.
Por contraste, muchas tradiciones espirituales orientales han centrado su trabajo en la reconexión directa con el Absoluto —el Tao, Brahman, la Realidad última— a través de prácticas contemplativas como el Yoga (del sánscrito yuj, unir). Estas tradiciones desarrollaron métodos muy sofisticados para el conocimiento interior y la experiencia directa del Ser.
Sin embargo, históricamente, este conocimiento se transmitió a menudo en contextos iniciáticos, simbólicos o esotéricos, reservados a minorías preparadas o a comunidades monásticas, porque se consideraba que este tipo de conocimiento requería una madurez, una disciplina y unas condiciones de vida que no estaban al alcance de la mayoría de la población.
Esta situación ha cambiado de forma significativa en las últimas décadas. Vivimos un proceso de transformación acelerado en el que cada vez más personas perciben la necesidad de volver a lo esencial, de reconectar con la experiencia directa del Ser. La práctica de la meditación y del yoga se ha extendido ampliamente en Occidente, no ya como disciplinas religiosas, sino como herramientas de autoconocimiento, regulación emocional y claridad interior.
Paralelamente, las grandes religiones tradicionales atraviesan procesos de revisión y adaptación, tratando de responder a las inquietudes profundas de sus fieles en un contexto cultural radicalmente distinto al que les dio origen.
Al mismo tiempo, la psicología —la disciplina que estudia la psique humana— ha experimentado avances notables. Cada vez disponemos de modelos más finos para comprender cómo se configuran nuestros patrones mentales, emocionales y conductuales, y cómo estos influyen en nuestra experiencia de sufrimiento o bienestar. De forma creciente, muchas personas sienten la necesidad no solo de aliviar síntomas, sino de comprender en profundidad qué les ocurre y por qué.
La incomodidad inherente a la psique, a la condición humana tal como hoy la vivimos, se hace cada vez más visible. Y es precisamente aquí donde ambos caminos convergen.
La psicología y la espiritualidad no son vías opuestas, sino complementarias. La psicología permite comprender y desactivar los mecanismos de la falsa identidad; la espiritualidad permite reconocer directamente nuestra naturaleza profunda. Juntas, ofrecen una vía realista y no dogmática para trascender la confusión identitaria, reducir el sufrimiento innecesario y reconectar con una forma de estar en el mundo más integrada.
No se trata de escapar de la condición humana, ni de negar la historia, sino de comprender el error fundamental y corregirlo. En ese sentido, esta integración puede entenderse —en un lenguaje simbólico— como una salida del “pecado original”: no una salvación sobrenatural, sino una reconciliación con nuestra verdadera naturaleza, con la vida y con el planeta del que formamos parte.
¿Cómo era el mundo antes de la explosión del EGO/personaje?
Quedan muy pocas huellas directas de aquella forma de vivir previa a la consolidación de la condición humana tal como hoy la conocemos. Sin embargo, algunas voces históricas han quedado como testimonios simbólicos de una relación con la vida, la naturaleza y la existencia radicalmente distinta a la moderna. Uno de los ejemplos más citados, y que se ha convertido en un referente para los movimientos ecologistas y pacifistas contemporáneos, es el conocido discurso atribuido al jefe indígena Seattle.
En 1854, el entonces presidente de los Estados Unidos propuso comprar el territorio de la tribu Suwamish. La respuesta fue atribuida a Chief Seattle, líder indígena de la región. Aunque el texto que hoy conocemos es una reconstrucción posterior —no una transcripción literal—, expresa con gran fidelidad una cosmovisión profundamente distinta de la occidental moderna.
Más allá de su exactitud histórica palabra por palabra, el valor de este discurso reside en que condensa una forma de experimentar la realidad en la que el ser humano no se concibe como separado de la naturaleza, ni como su dueño, sino como parte inseparable de ella. Precisamente por eso, ha resonado con fuerza en movimientos que cuestionan el paradigma ego-centrista, extractivo y dominador que caracteriza a la condición humana actual.
Si no poseemos la frescura del aire y el brillo del agua, ¿cómo los vas a comprar? Cada parte de la tierra es sagrada para mi pueblo. Cada aguja de pino, las orillas del rio, la niebla en los bosques oscuros, cada prado, el zumbido del insecto. Todos son sagrados para mi pueblo.
Conocemos la savia que corre por los árboles como conocemos la sangre que corre por nuestras venas. Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas. El oso, el venado, la gran águila, estos son nuestros hermanos. Las crestas rocosas, el rocío en el prado, el calor corporal del poni y nosotros, los hombres, todos pertenecemos a la misma familia.
El agua resplandeciente que se mueve en los arroyos y ríos no es solo agua, sino la sangre de nuestros antepasados. Si te vendemos nuestra tierra, debes recordar que es sagrada. Cada reflejo brillante en las aguas claras de los lagos habla de eventos y recuerdos en la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Los ríos son nuestros hermanos. Sacian nuestra sed. Llevan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos.
Así que debes darle a los ríos la bondad que le darías a cualquier hermano. Si te vendemos nuestra tierra, recuerda que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con toda la vida que sustenta. El viento que le dio a nuestro abuelo su primer aliento también recibió su último suspiro. El viento también da a nuestros hijos el espíritu de vida. Así que si vendemos nuestra tierra, debéis mantenerla apartada y sagrada, como un lugar donde el hombre pueda ir a saborear el viento que es endulzado por las flores del prado. ¿Enseñarás a tus hijos lo que hemos enseñado a nuestros hijos? ¿Que la tierra es nuestra madre? Lo que le sucede a la tierra le sucede a todos los hijos de la tierra.
Esto lo sabemos: la tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra. Todas las cosas están conectadas como la sangre que nos une a todos. El hombre no tejió la red de la vida, es simplemente un hilo en ella. Lo que sea que le haga a la red, se lo hace a sí mismo.
Una cosa sabemos: nuestro Dios es también vuestro Dios. La tierra es preciosa para él y dañar la tierra es despreciar a su creador. El destino es un misterio para nosotros. ¿Qué pasará cuando todos los búfalos sean sacrificados? ¿Los caballos salvajes domesticados? ¿Qué sucederá cuando los rincones secretos del bosque estén cargados con el olor de muchos hombres y la vista de las colinas se borre con cables parlantes? ¿Dónde estará el matorral? ¡Desaparecido! ¿Dónde estará el águila? ¡Desaparecida! ¿Y qué es despedirse del veloz poni y luego querer cazar? Es el final de la vida y el comienzo de la supervivencia.
Cuando el último piel roja se haya desvanecido en este desierto, y su memoria sea solo la sombra de una nube que se mueve a través de la pradera, ¿seguirán estas costas y bosques aquí? ¿Quedará algo del espíritu de mi pueblo? Amamos esta tierra como un recién nacido ama el latido del corazón de su madre.
Entonces, si les vendemos nuestra tierra, ámenla como nosotros la hemos amado. Cuídenla, como nosotros la hemos cuidado. Guarden en su memoria el recuerdo de la tierra tal como es cuando la reciban. Preservad la tierra para todos los niños, y ámenla, como Dios nos ama.
Al igual que nosotros somos parte de la tierra, ustedes también son parte de la tierra. Esta tierra es preciosa para nosotros. También es preciosa para ustedes.
Una cosa sabemos: solo hay un Dios. Ningún hombre, sea piel roja o blanco, puede vivir separado de Dios. Todos Somos hermanos.





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