El trabajo interior: La meditación


En los capítulos anteriores hemos visto cómo se forma la psique humana. Alrededor de los dos o tres años de edad, y como consecuencia directa de la adquisición del lenguaje, se ponen en marcha dos procesos paralelos y estrechamente relacionados:

  • Por un lado, se forma la mente orientada hacia el exterior. El lenguaje se desarrolla inicialmente para nombrar objetos, describir acciones y establecer relaciones en el mundo físico y social. Este proceso incrementa de forma exponencial las capacidades cognitivas y da lugar a la auto-consciencia, es decir, a la capacidad de vivir la experiencia no solo de forma directa, sino también de forma verbal y reflexiva.
    Como efecto colateral de este desarrollo, la atención del niño queda casi exclusivamente volcada hacia el exterior y se produce una pérdida de reconocimiento del fondo, del SER.

  • En paralelo, el niño desarrolla su identidad social. Se identifica con su cuerpo, con su nombre y con los juicios, expectativas y valoraciones que recibe de su entorno. De este proceso emerge el personaje, con el que el niño se identifica de forma profunda y estable.

Estos dos procesos —la desconexión del fondo y la identificación con el personaje— constituyen los cimientos de la condición humana y están en el origen del sufrimiento psicológico que caracteriza a nuestra especie.

Si aceptamos este modelo de formación de la psique, se abre una consecuencia fundamental: si hemos recorrido un camino de ida, es posible recorrer un camino de vuelta.
 

Si entendemos cómo se ha construido el artefacto, podemos aprender a desactivarlo.

Al conjunto de actividades orientadas a deshacer este error de base —la desconexión del SER y la falsa identificación con el personaje— lo denominaremos trabajo interior.

El análisis realizado hasta aquí nos conduce a una conclusión clara: el trabajo interior requiere dos procesos diferenciados pero complementarios:

  • Un trabajo espiritual, orientado al reconocimiento directo del Sujeto, a la reconexión con el fondo y a la recuperación de nuestra identidad profunda.

  • Un trabajo psicológico, orientado al descubrimiento, comprensión y desarticulación de los mecanismos de la psique y del personaje.

Ambos caminos no solo no se excluyen, sino que se refuerzan mutuamente. Juntos constituyen la vía práctica para trascender la condición humana y recuperar una vida más libre, consciente y plenamente humana.

 
La meditación. El trabajo espiritual. 
 
Lo primero que hemos de considerar al afrontar la práctica de la meditación es el contexto en el que esta va a tener lugar, es decir, desde qué comprensión de la realidad partimos.

Partimos de una premisa fundamental:

Los seres humanos somos, en esencia, un fondo de vida, una Realidad Última que ha recibido distintos nombres a lo largo de la historia y en diferentes tradiciones: SER, Tao, Atman, Conciencia, Sujeto, Presencia, Testigo… Aunque los términos varían, todos apuntan a una misma realidad.

Esta Realidad Última es, por definición, incognoscible para la razón. No puede ser conocida como un objeto más, ni aprehendida mediante el pensamiento conceptual. Sin embargo, es plenamente experienciable: podemos vivir de forma directa la experiencia de SER.

Esta Realidad Última se manifiesta en la experiencia humana a través de tres dimensiones fundamentales, tradicionalmente expresadas en sánscrito como Sat, Chit y Ananda:

  • Sat, la dimensión de la energía vital, que se expresa como cuerpo físico, impulso vital, voluntad, capacidad de acción, persistencia y constancia.

  • Chit, la dimensión de la luz o de la inteligencia consciente, que se manifiesta como procesos cognitivos, lenguaje, interés por el conocimiento, capacidad de aprendizaje, sentido del humor, ciencia, arte y literatura.

  • Ananda, la dimensión del amor o de la plenitud, que se expresa como unidad, amistad, compasión, afecto, gozo profundo y sensación de estar completos.

Lo expuesto hasta aquí no es una creencia ni una construcción teórica. Tampoco es una conclusión a la que se llegue por un acto de fe ni por un razonamiento lógico. Es una realidad verificable únicamente a través de la experiencia directa.

La meditación es el camino principal —aunque no el único— que permite, mediante una práctica sostenida y honesta, constatar por uno mismo esta verdad y reconocerla como propia.

La persona que esté leyendo estas líneas puede experimentar, de forma natural, una de dos reacciones ante lo expuesto hasta aquí.

Opción 1. “Este texto suena poético o sugerente, pero no me interesa. Tengo muchas responsabilidades, mucho trabajo y no puedo ocuparme de estas cuestiones.”
Dicho de forma más directa: para esta persona, la vida se entiende fundamentalmente como acción, obligación y resultados, y todo lo que no encaja en ese marco se percibe como secundario o irrelevante.

Opción 2. “Este texto me resuena profundamente. Tengo la intuición de que apunta a algo verdadero, aunque no sé todavía cómo comprobarlo ni cómo integrarlo en mi vida.”

Las personas que se reconocen en la segunda reacción son candidatas naturales a iniciar el camino de la meditación.

Este camino no parte de una creencia ni de una doctrina, sino de una intuición: la intuición de que somos algo más profundo de lo que habitualmente creemos ser. A partir de ahí, la práctica permite ir acumulando experiencia directa y evidencias personales, hasta que esa intuición inicial se transforma en un convencimiento claro y estable sobre nuestra verdadera naturaleza.

En este sentido, la meditación es el camino para reconectar con el Fondo, con el SER que dejamos de reconocer en la infancia. Es un proceso de retorno, de reencuentro con lo esencial. Metafóricamente, puede entenderse como el camino de vuelta a casa, al paraíso perdido.

Teniendo claro este contexto, los pasos para una meditación eficaz y correctamente orientada son los siguientes:
 

Preliminares

Adoptar una postura adecuada para la meditación. El lector puede encontrar fácilmente referencias visuales que muestren distintas opciones correctas, ya sea sentado en una silla, en un zafu o en una banqueta en el suelo.

La postura no debe convertirse en un obstáculo, sino en un soporte silencioso de la atención: estable, digna y relajada. El cuerpo ha de quedar lo suficientemente firme como para no distraer, y lo suficientemente cómodo como para no convertirse en una preocupación.

Paso 1: Atención a la respiración

Realizamos varias respiraciones profundas que faciliten un primer estado de calma. A continuación, dejamos que la respiración recupere su ritmo natural y fijamos suavemente la atención en ella.

La respiración es una función básica y constante del cuerpo. Está siempre presente y no requiere esfuerzo. Por ello, se convierte en un punto de referencia estable al que podemos regresar cada vez que la atención se dispersa.

No se trata de controlar la respiración, sino de darnos cuenta de que está ocurriendo.

Paso 2: Consciencia del cuerpo

Dirigimos ahora la atención al cuerpo. Observamos las zonas de tensión, de comodidad o de molestia. Sentimos el peso del cuerpo apoyado en la silla o en el cojín, el contacto con el suelo, la posición de la espalda.

El cuerpo es experimentado como sensación viva, no como un objeto que haya que corregir. Dedicamos a este paso dos o tres minutos.

Cada vez que advertimos que la atención se ha perdido en la voz interior, regresamos de forma amable a la respiración, sin reproches ni juicios, simplemente volviendo a observar.

Paso 3: Consciencia del estado emocional

Llevamos ahora la atención al estado emocional presente. Observamos cómo nos sentimos: tranquilos, inquietos, tristes, tensos, abiertos…

Observamos también cómo este estado se refleja en el cuerpo: una presión en el pecho, una contracción en el estómago, tensión en las cervicales, etc.

La actitud es siempre la misma: ver sin intervenir, sin evaluar, sin intentar cambiar nada. Las emociones son objetos de la consciencia y, como tales, pueden ser observadas.

Paso 4: Observación de los pensamientos

Finalmente, atendemos al flujo de pensamientos. La mente produce pensamientos de forma natural y continua. No es posible —ni necesario— detener este proceso.

Lo que sí es posible es no seguirlos.

Observamos los pensamientos como fenómenos que aparecen, se desarrollan y desaparecen. No dialogamos con ellos, no los rechazamos ni los analizamos. Simplemente los vemos pasar.

Al mantener esta observación sostenida, la actividad mental se aquieta de forma espontánea y emerge un espacio de silencio.

 Una vez que la práctica nos conduce a un estado de relativo silencio interior, se hace posible darnos cuenta de dos aspectos fundamentales de la experiencia:
  • Por un lado, están los objetos que aparecen en el campo de la consciencia: el cuerpo, las sensaciones físicas, los estados emocionales, los pensamientos.

  • Por otro lado, está aquello que observa. El observador.
    Este observador es el sujeto último del acto de observar. Es la presencia consciente, la consciencia misma, el testigo. Podemos denominarlo de muchas maneras, pero lo esencial no es el nombre, sino reconocerlo, sentirlo y familiarizarnos con su presencia.

El observador presenta dos características fundamentales:

  • Siempre está presente. Cada vez que nos sentamos a meditar y la mente se aquieta mínimamente, el observador está ahí. No aparece ni desaparece con los contenidos de la experiencia.

  • Es siempre idéntico a sí mismo. No cambia con el paso del tiempo ni con las circunstancias. No envejece, no se altera, no se ve afectado por lo que aparece y desaparece en la experiencia. Es un vacío pleno, al que no le falta nada, vivido como claridad, estabilidad y una profunda sensación de gozo silencioso.

Llegados a este punto, emerge de forma natural la pregunta fundamental:

¿Quién soy yo?

Esta no es una pregunta que pueda ser respondida por la mente. El sujeto no puede convertirse en objeto de sí mismo. No puede conocerse como se conoce un pensamiento, una emoción o una sensación.

Preguntas como ¿Quién soy yo? ¿Quién conoce y qué es lo conocido?
Conócete a ti mismo: ¿quién es ese “ti”? son las preguntas centrales a las que nos conduce la meditación. No son preguntas para ser contestadas conceptualmente, sino preguntas abiertas, que han de permanecer vivas en la experiencia, sin buscar una respuesta mental.

La indicación es dejarlas resonar en el silencio interior hasta que la respuesta no sea pensada, sino reconocida.

Los grandes sabios de la tradición advaita, como Ramana Maharshi o Nisargadatta Maharaj, expresaron esta realización de forma extremadamente simple, I am that.              
 

Yo soy esa presencia consciente, siempre presente, incognoscible como objeto, idéntica a sí misma, sin forma, sin edad y sin atributos.

Meditar es, en última instancia, reconectar con el fondo, con el SER.
Instalarnos en ese fondo. Y aprender, progresivamente, a vivir desde ahí.

 Precisiones finales sobre la meditación. 

 La meditación no consiste en producir estados especiales, ni en eliminar pensamientos, ni en alcanzar experiencias extraordinarias.
Consiste en reconocer aquello que ya está presente, antes, durante y después de cualquier experiencia.

  Si la práctica se orienta únicamente a “sentirse mejor”, la meditación queda reducida a una técnica psicológica. En la meditación seria, el bienestar es una consecuencia, no el objetivo.

 Reconocer al observador no es una experiencia extraordinaria, ni un estado alterado. Es el reconocimiento de lo más obvio y constante, precisamente por eso suele pasar desapercibido.

 No es el observador quien aparece en el silencio; es el silencio de la mente el que permite reconocer al observador que siempre estaba ahí.

 La meditación no crea la paz. La paz es lo que queda cuando dejamos de identificarnos con lo que no somos.

 Meditar no es retirarse de la vida, sino volver a ella

A medida que esta comprensión se asienta, la meditación deja de ser solo una práctica sentada. Se convierte en una forma de estar en la vida.

Vivimos con más presencia, con menos reacción automática, con mayor claridad, con una sensación creciente de coherencia interna. No porque hayamos añadido algo, sino porque hemos dejado de confundirnos.

Meditar no es mejorar al personaje.
No es optimizar la psique.
No es alcanzar estados especiales.

Meditar es recordar quién somos,
reconocer el fondo silencioso y consciente
desde el que todo ocurre
y aprender, poco a poco, a vivir desde ahí.

 

 

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