La Mente Humana
No depositéis vuestra fe en tradiciones, aunque hayan sido aceptadas por muchas generaciones en muchos países. No creáis en algo porque muchos lo repitan. No aceptéis nada basado en la autoridad de éste o aquel otro sabio de la antigüedad, ni tampoco por afirmaciones de los libros. Nunca creáis algo porque parezca probable. Tampoco creáis en lo que vosotros mismos imagináis creyendo que un Dios os lo ha inspirado. No creáis en nada únicamente basado en la autoridad de maestros y sacerdotes. Examinadlo todo y creed únicamente en aquello que, tras haberlo comprobado por vosotros mismos, lo encontréis razonable y esté de acuerdo con vosotros mismos y vuestro bienestar y el de los demás. Del BUDHA: Sutra Kalama
Mente e Inteligencia
Desde una perspectiva filosófica y no-dual, puede afirmarse que la inteligencia es el principio que hace posible el orden y la comprensión del Universo. No en el sentido de una mente pensante cósmica, sino como el hecho de que la realidad es, en su estructura profunda, inteligible. La mente humana sería el órgano a través del cual esa inteligibilidad se expresa y se reconoce en nuestra experiencia.
La mente puede entenderse como un órgano sutil, sin forma física propia, que no se identifica con el cerebro aunque se exprese a través de él. Desde este enfoque, la mente opera gracias a un principio cognitivo que en la tradición no-dual se denomina Chit, uno de los tres aspectos —junto con Sat y Ānanda— utilizados para describir la naturaleza del Ser. Esta “luz” no debe entenderse como energía física, sino como la capacidad de conocer, discernir y dar sentido a la experiencia.
La ciencia contemporánea no ofrece todavía una definición clara y unificada de la mente como entidad. Disponemos de descripciones parciales de sus funciones, correlatos neuronales y procesos cognitivos, pero carecemos de un modelo completo comparable al que tenemos para otros órganos del cuerpo humano, como el corazón o los pulmones. La mente sigue siendo, en muchos aspectos, un fenómeno abierto a investigación y debate.
Las reflexiones que siguen no pretenden sustituir ni contradecir el conocimiento científico, sino complementarlo desde una perspectiva integradora. Están basadas en la observación personal y en el estudio de distintas disciplinas —psicología, psicoanálisis, ciencia cognitiva y antropología— así como en tradiciones contemplativas que han investigado la mente desde la experiencia directa, como la meditación y diversas corrientes del budismo y del hinduismo. El objetivo no es formular una teoría cerrada, sino ofrecer un marco de comprensión que permita observar la mente con mayor claridad y profundidad.
Mente y Conciencia
La mente humana nace, se desarrolla y desaparece en la consciencia. Todo lo que pensamos, sentimos o percibimos aparece en un campo previo que no es creado por la mente y que no se ve afectado por sus contenidos. Desde esta perspectiva, la mente no es el origen de la experiencia, sino uno de sus fenómenos.
La consciencia es aquello que está presente antes de que surja un pensamiento, que acompaña al pensamiento mientras se manifiesta y que permanece cuando el pensamiento desaparece. No es un objeto que pueda observarse, sino la condición misma que hace posible toda observación.
A lo largo de la historia, distintas tradiciones han utilizado diversos términos para señalar esta realidad fundamental: consciencia, Sujeto, the Witness, Brahman, Tao, Atman, el Ser, the Self. No se trata de entidades diferentes, sino de lenguajes distintos apuntando a una misma experiencia básica. Cada persona puede utilizar el término que le resulte más significativo; en este texto, por coherencia conceptual, utilizaremos preferentemente la palabra Sujeto.
La mente humana no está entrenada para reconocer al Sujeto, porque su funcionamiento habitual consiste en percibir, analizar y manipular objetos: pensamientos, emociones, sensaciones, imágenes. El Sujeto no es un objeto más dentro de la experiencia y, por tanto, no puede ser percibido del mismo modo. El reconocimiento del Sujeto no es un acto mental añadido, sino un cambio de perspectiva: advertir aquello desde lo cual toda experiencia está siendo vivida.
Este reconocimiento no constituye un logro en el sentido habitual, ni una meta que se alcance acumulando conocimientos. Es, más bien, el descubrimiento de lo que siempre ha estado presente, pero que normalmente pasa desapercibido porque la atención está absorbida por los contenidos de la experiencia. Desde este punto de vista, el reconocimiento del Sujeto representa el nivel más profundo de autoconciencia posible, no como un estado especial, sino como una comprensión estable de la propia identidad.
La Mente y el Lenguaje.
Los seres humanos, como el resto de los seres sensibles que habitan el planeta, vivimos la realidad de forma directa e inmediata. Percibimos, sentimos, reaccionamos y nos adaptamos al entorno sin necesidad de reflexionar sobre ello. En este sentido, compartimos con otros animales la experiencia básica de estar vivos y de ser conscientes.
Sin embargo, los seres humanos disponemos de una capacidad adicional, exclusiva en su grado de desarrollo: el lenguaje. Gracias a él, no solo vivimos la experiencia, sino que también podemos narrarla. El lenguaje nos permite decir “esto me está ocurriendo”, “yo estoy viviendo esto”, y convertir esa narración en un objeto dentro de la consciencia.
De este modo, el lenguaje introduce la auto-consciencia (reflexiva): la capacidad de darnos cuenta de que nos damos cuenta. No crea la consciencia, pero sí la posibilidad de representarla mentalmente y hablar de ella. Esta capacidad incrementa de forma extraordinaria las funciones de la mente: memoria, planificación, imaginación, transmisión cultural y pensamiento abstracto.
Lenguaje y mente, tal como los entendemos aquí, funcionan de manera íntimamente unida. Cuando hablamos de mente nos referimos al sistema conjunto mente-lenguaje: un entramado inseparable que organiza la experiencia, la interpreta y la comunica.
Ahora bien, este enorme avance tiene también un efecto secundario no intencionado. Al convertir la experiencia en narración, el lenguaje introduce una mediación entre la vivencia y la identidad. Aparece la idea de un “yo” que vive la experiencia, la cuenta y se la apropia. Es en este punto donde comienza a formarse lo que llamamos el personaje.
A este proceso de confusión identificatoria lo hemos denominado simbólicamente el pecado original: el momento en que el ser humano empieza a confundirse con la narración de sí mismo y a vivir desde ella.
Las Funciones de la Mente
Podemos distinguir tres modos de funcionamiento en la experiencia humana:
la Mente/Luz, la Mente Operativa y el personaje. No se trata de tres entidades distintas, sino de tres formas de operar de una misma mente en relación con la realidad.
La Mente/Luz es la capacidad de percibir y comprender la realidad tal como es. Recoge los estímulos del entorno, los integra de forma coherente y responde de manera ajustada a las circunstancias. Gracias a esta función, somos eficaces en nuestra interacción con el mundo.
La Mente/Luz opera de forma espontánea y autónoma. No requiere esfuerzo ni control consciente, del mismo modo que el corazón late o los pulmones respiran. Cuando no está interferida por el personaje, funciona con naturalidad y precisión.
El Sujeto no dirige la Mente/Luz ni la controla; simplemente observa su funcionamiento, del mismo modo que observa la respiración o las sensaciones corporales. La Mente/Luz hace su trabajo; el Sujeto es el ámbito consciente en el que ese trabajo aparece.
La Mente/Luz tiene un socio imprescindible: la Mente Operativa. Esta es la función que nos permite actuar sobre el entorno: curar enfermedades, construir edificios, tocar el piano, cocinar una paella o ejecutar cualquier actividad práctica. La Mente Operativa traduce la comprensión en acción.
La Mente/Luz y la Mente Operativa trabajan juntas y de forma inseparable. Cuando la acción está guiada por una percepción clara de la realidad, ambas funciones operan en armonía.
Cuando la Mente/Luz se orienta hacia el exterior, constituye el fundamento de la ciencia y del conocimiento objetivo. La capacidad de observar sin distorsión y de ajustarse a los hechos es la base de los grandes avances científicos. La visión heliocéntrica de Nicolás Copérnico, la teoría de la evolución de Charles Darwin o la teoría de la relatividad de Albert Einstein son ejemplos de este mirar limpio a la realidad, libre de prejuicios y narrativas heredadas.
Cuando la Mente/Luz se orienta hacia el interior, no produce conocimiento objetivo, sino que apunta hacia el reconocimiento de la verdad del Ser. Sin embargo, la mente no puede conocer directamente esa verdad última, porque el Ser no es un objeto. El Ser es el Sujeto mismo, aquello desde lo cual se conoce, y por tanto no puede ser capturado como contenido mental.
No obstante, actuando como un espejo limpio, la Mente/Luz puede reconocer la presencia del Ser. No como un objeto, sino como una evidencia inmediata: yo soy eso (I am That).
El lenguaje, por su propia naturaleza, está diseñado para nombrar y describir objetos. Por ello, no puede definir al Sujeto. Puede señalar, sugerir o apuntar, pero nunca capturarlo.
El Sujeto mira y ve la Mente/Luz en funcionamiento. Ese mirar es directo, simple y no interferido. Cuando el personaje no se interpone, la visión es clara y la realidad se muestra tal como es.
La Mente y el Personaje
El personaje es una estructura psicológica que se forma, de manera progresiva, entre los tres y los cinco años de edad. Surge como el esfuerzo de adaptación al entorno familiar, social y cultural. Es una solución funcional inicial que, con el tiempo, se vuelve inadecuada si no es reconocida y revisada.
Cuando el personaje se consolida, tiende a interferir, en mayot o menor medida según cada persona, en el funcionamiento natural de la mente. No crea la mente ni la sustituye, pero intenta dirigirla desde sus propias carencias y estrategias de protección creando confusión, tensión y sufrimiento.
El personaje filtra los estímulos que recibimos y condiciona las respuestas que damos. Este filtrado hace que nuestra relación con el entorno sea, con frecuencia, poco ajustada: reaccionamos tarde, exageramos, evitamos, anticipamos o distorsionamos. De este modo, nos volvemos menos eficaces y menos eficientes en nuestra interacción con la realidad.
Cuando la mente no está interferida por el personaje, funciona de forma clara, directa y eficaz. Percibe lo que hay, responde a lo que ocurre y se adapta a las circunstancias sin necesidad de defensas innecesarias.
La forma de pensar del personaje es rumiar. La rumiación es un pensamiento circular, repetitivo y autorreferencial que gira en torno a la carencia del yo idea y a la búsqueda del yo ideal. Este tipo de pensamiento no está orientado a comprender la realidad, sino a proteger una identidad frágil.
A esta rumiación constante la llamamos voz interior. Es un flujo verbal que ocupa gran parte de nuestra consciencia y que nos impide mirar y ver la realidad tal como es. No aporta información nueva ni soluciones reales; mantiene activo el sistema del personaje.
Tanto la mente como el personaje se expresan a través del lenguaje. Sin embargo, compiten por el espacio de la consciencia. Cuando la voz del personaje domina, la mente queda en segundo plano. Cuando la mente está presente, la voz pierde fuerza.
El Sujeto es aquello que puede discernir entre ambos:
entre claridad y confusión,
entre percepción directa y rumiación,
entre verdad funcional y error de identidad.
Este discernimiento no es un acto intelectual, sino una capacidad natural que se activa cuando dejamos de identificarnos con la voz del personaje.
Consciente e inconsciente
La mente humana posee una parte consciente. En el marco que estamos desarrollando, esa parte consciente corresponde a lo que hemos denominado Mente/Luz.
La Mente/Luz se rige por dos principios fundamentales: realidad y presente. Su función es percibir lo que hay, tal como es, aquí y ahora, sin distorsión ni mediación innecesaria. Recibe los estímulos del entorno, los integra de forma coherente, ejecuta los procesos cognitivos necesarios y responde de manera ajustada a la situación.
En este sentido, Sigmund Freud tenía razón al postular la existencia de un principio de realidad. Sin embargo, desde esta perspectiva, dicho principio no reside en el ego, sino en la parte consciente de la mente cuando no está interferida por el personaje.
La Mente/Luz es efectiva, eficiente y justa. Justa no en un sentido moral, sino funcional: responde de forma adecuada a lo que la situación requiere. La justicia, entendida así, es un criterio operativo, no ético.
Por el contrario, el personaje tiende a vivir en la fantasía. Distorsiona la percepción, filtra la realidad en función de sus carencias y responde de manera desajustada. Su referencia no es la realidad presente, sino la defensa de una identidad construida. El resultado es una vida innecesariamente complicada.
La Mente/Luz vive en el presente. No añora el pasado ni se proyecta compulsivamente hacia el futuro. Responde a lo que está ocurriendo ahora, que es la única realidad efectiva. En este sentido, la Mente/Luz es la base funcional de lo que hoy denominamos atención plena (mindfulness): presencia consciente aplicada a la experiencia.
El personaje, en cambio, vive desplazado en el tiempo. Se proyecta hacia el futuro a través de deseos y fantasías, o queda atrapado en el pasado mediante recuerdos y resentimientos. Por ello es incapaz de habitar plenamente el presente y, en ese sentido, nos roba la atención consciente.
Freud también señaló la existencia de una parte inconsciente de la mente. Entendemos por inconsciente aquello que queda excluido de la consciencia, en un espectro que va desde el preconsciente hasta el inconsciente profundo.
El preconsciente está formado por contenidos que no están activos en la situación presente, pero que son fácilmente accesibles cuando se necesitan: por ejemplo, los nombres de las calles de nuestra ciudad o conocimientos prácticos almacenados en la memoria.
El personaje actúa como un filtro. Aquellas experiencias que generan un sufrimiento intenso o amenazan su identidad son reprimidas y desplazadas al inconsciente. No desaparecen: quedan almacenadas como energía psíquica no integrada.
Mantener esta energía fuera de la consciencia tiene un coste elevado. El personaje necesita consumir una cantidad de energía proporcional a la que mantiene reprimida. Por ello, sostener el inconsciente es un proceso energéticamente caro y fuente de tensión crónica.
El paso de contenidos del inconsciente al consciente es liberador y sanador. Integra lo que estaba fragmentado.
La Mente/Luz es la herramienta natural para este proceso. Permite iluminar lo que estaba en la sombra sin violencia ni juicio. Dejar que la luz entre en la oscuridad del inconsciente es un movimiento natural de integración.
Este proceso constituye uno de los caminos más directos hacia una vida más libre y menos condicionada.
La Mente y la Memoria
La memoria se nutre de situaciones ya vividas. Estas situaciones pueden agruparse, a grandes rasgos, en dos categorías: experiencias integradas y asuntos inacabados.
La Mente/Luz/Operativa almacena en la memoria aquellas situaciones que han supuesto un aprendizaje real. Son experiencias vividas que se integran, se comprenden y quedan disponibles para ser reutilizadas en el futuro.
Por ejemplo, cuando escribimos nuestro primer programa informático, esa experiencia queda registrada en la memoria. Cada vez que repetimos la acción, la reutilizamos, la afinamos y la mejoramos. A este proceso acumulativo de experiencias integradas lo llamamos aprendizaje.
La memoria es el soporte a través del cual se articula lo que denominamos Yo Experiencia.
El Yo Experiencia se compone del conjunto de energías físicas, emocionales y cognitivas que hemos movilizado, desarrollado e integrado a lo largo de nuestra vida.
En este sentido, el Yo Experiencia puede considerarse una medida de nuestro progreso funcional y madurez en el mundo manifestado.
El Yo Narrativo es la capacidad que tenemos de hilvanar un relato coherente sobre nuestra vida. Surge gracias al lenguaje y a la memoria y nos permite dar sentido a nuestra trayectoria vital. Cuando no hay identificación, el yo narrativo es simplemente una descripción funcional del yo experiencia.
El personaje, sin embargo, se apropia de las energías del Yo Experiencia y del relato del Yo Narrativo, y se identifica con ellos. Se atribuye la autoría de los logros, se define por la historia vivida y se confunde con el resultado de los procesos.
El personaje también utiliza la memoria para almacenar asuntos inacabados.
Son situaciones que no han sido integradas y que permanecen activas:
experiencias muy placenteras que deseamos revivir una y otra vez,
pérdidas significativas que no hemos sabido elaborar,
situaciones de gran sufrimiento que han sido reprimidas y relegadas al inconsciente.
Los asuntos inacabados permanecen activos hasta que se completan y se cierran. Gran parte del diálogo interior está formado por estos contenidos buscando atención, continuidad o resolución.
Aquellos asuntos inacabados que quedan relegados al inconsciente profundo siguen operando de forma indirecta. Pueden manifestarse como malestar difuso, estrés, angustia, ansiedad o, en algunos casos, contribuir a desequilibrios psicosomáticos. No porque sean “malos”, sino porque representan energía no integrada.
Todo lo expuesto en este texto no pretende ser una verdad que haya que aceptar. Es únicamente un marco de observación, un mapa provisional. Como toda descripción conceptual, es solo el dedo que señala la luna. Quien desee comprender realmente estos procesos no tiene otra opción que observar su propia experiencia directa y extraer sus propias conclusiones.



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